VALLE DE LA FRONTERA por CARLOS GAVILÁN BATISTA

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1380177_10200828880229823_563219220_n-1VALLE DE LA FRONTERA

 

“La faz de la tierra es una fuente inagotable de lugares que nos sorprenden, nos cautivan y nos maravillan. Así sucede con los volcanes, que son, junto con los sismos, las muestras más evidentes de que nuestro planeta está vivo y rebosante de actividad.

El calor emitido por la desintegración permanente de isótopos radioactivos en el manto terrestre, unido al del enfriamiento secular del núcleo, proporciona la energía necesaria para alimentar la gran máquina térmica que mantiene la dinámica de nuestro planeta, que se manifiesta en el movimiento de las placas litosféricas.
El mundo mineral de la Tierra no puede ser considerado inerme; es extraordinariamente dinámico. Las zonas volcánicas, además de brindarnos su belleza y sus recursos -ambos muy expresados en el artículo-, entrañan unos peligros que generan riesgos a veces muy altos para la vida y la salud de las poblaciones, sus infraestructuras y sus modelos de vida. Para conocer mejor estos colosos y entender su “carácter”, existen observatorios donde los volcanólogos estudian la composición de las lavas, las cenizas, los gases y la historia eruptiva del lugar, y donde también toman el “pulso” al volcán mediante monitorización sísmica, geodésica y visual a fin de dar alertas tempranas a las autoridades y poblaciones expuestas. Una labor científica apasionante.”


JOSÉ MACHARÉ ORDÓÑEZ, Director Científico del Instituto Geofísico del Perú.

 

Por estos días en la costa norte de nuestro querido Valle de La Frontera, el oleaje parece expresar la fuerza de la vida.

En su cresta, la blancura de su espuma refleja la pureza de su alma que la siembra, agua azul, verde esmeralda, limpia y cristalina.

Profundidad del ser que la brisa y el viento llevan e impulsan hasta abrazar sus rocas firmes y poderosas que permanecen inamovibles, que la reciben cerrando sus ojos y con una sonrisa en sus labios.

Sonidos que se transforman en sinfonías para el oído humano, sintonías y acordes del enigmático submarino de luz y oscuridad.

Una colonia de gaviotas sobrevuela la superficie entonando con sus graznidos su gozo y libertad.

Un rocío de frescura llega al rostro del pescador, y al de las personas que por sus naturales senderos caminan entre una población de piedras tapizadas de líquenes, mariposas y flores silvestres.

Un silbido de suave brisa arrulla sus cabellos, andan pensativos entre destellos y el brillo de sus ojos.

Están inmersos en un mundo que no les pertenece, que se les presta y se les da como un paraíso en el que pueden ser felices.

Y cantan al mar, al cielo más azul, al bosque de laurisilva más verde, al horizonte más lejano, al aire, a la vida, a la eternidad.

Por estos días también, un rugido surge desde sus entrañas, que con su agonizante estruendo parece expresar el sufrimiento de un corazón que roto por el dolor derrama su lava.

Quiere desesperadamente decirnos que el ser humano está llegando al límite de destruir irreversiblemente su tesoro más valioso, la Naturaleza. Una Naturaleza que se rebela contra todo lo que concierne al hombre en conflicto con ella, con la dignidad del propio hombre y la de éstos en su irresponsable relación con el mundo.

 

JOSÉ CARLOS GAVILÁN

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