EL TURRÓN DE NAVIDAD

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El turrón de Navidad.

Paco y Amalia eran héroes. Habían llegado a los setenta y tantos juntos y además se querían. Aquel amor y amistad que habían forjado era mítico. Desde el primer momento supieron que siempre serían amigos, amigos de verdad, con un cariño eterno inmortal, pura energía.

Les encantaba sentarse juntos a compartir un turrón cuando era Navidad, o unas galletas cuando no lo era. Compartían con humor su cinismo ante la vida, y lo pasaban muy bien con las tareas domésticas, se deleitaban el uno al otro con pequeños detalles halagadores, como los niños y alimentaban su inocencia con la belleza de lo cotidiano. Habían convertido su vida en una obra de arte, pues cada instante del día lo vivían con agradecimiento y alegría. Habían encontrado mucho placer en hacerse feliz el uno al otro.

Ellos también, lo habían pasado mal, a lo largo de tantos años habían tenido tiempo para todo, para crisis, para desengaños, para fracasos y para superar juntos las desgracias que trae a veces la vida, sin embargo en los peores momentos habían sabido con la magia de los prestidigitadores, endulzar los desafíos transmutando lo bueno en malo, y lo estéril en algo productivo. Eran combatientes del tedio.

Por la noche, cuando se quejaban juntos de la pésima calidad de la programación navideña de la tele y la dejaban sonar de fondo, con humor jugaban a preguntarse como chiquillos qué novedad espectacular les depararía el Año Nuevo, y broma tras otra, confeccionaban una larga lista de regalos para los demás que repartirían los habituales explotados navideños, los Reyes Magos y Papá Noël; que si un poco de vergüenza para la profesora del Conservatorio de su nieto, que se pasaba cuarenta minutos de la clase mandando y recibiendo whatsapps y comiendo bocadillos mientras los niños esperaban, que si un poco de vida propia y menos superficialidad para todos aquellos desgraciados que iban desnucados con el móvil en el autobús, en el coche, caminando por la calle, en clase ….que si un buen novio o un vibrador para la arpía sabelotodo del banco, y claro entre risas y risas y la complicidad de un buen cinismo compartido, se vinieron arriba y ya se imaginaban al reno Rudolf y a los camellos persas secos de repartir buenos y divertidos hobbys caseros para el alcalde, que a punto de jubilarse y después de haber hecho tantas fechorías, no iba a quedar quien no le tirara piedras en el pueblo.

También pidieron a Santa Claus que no se olvidara de poner junto a los calcetines del exmarido de su hija un rayo que lo partiera en dos por putañero, hasta un hostiazo virtual le cayó en Navidad al doctor del centro de salud que les malatendía e ignoraba cuando acudían a su cita.

Ya un poco más calmados, después de tanta risa, pidieron a los Reyes que no se fuera el mundo al garete con tanta guerra y tanto malnacido, y justo después de esto con una mueca congelada entre pena y susto se acordaron de toda aquella buena gente que tenían en sus vidas, que merecían tanto, tanto, tanto que no habría duendes en Laponia, ni renos, ni Reyes en el mundo entero que pudieran colmar de tantas cosas buenas que Paco y Amalia les deseaban. ¡Cuánto amor sintieron de repente por los suyos y la buena gente, hasta rezaron porque de verdad las cosas cambiaran, y el espíritu celestial y mágico de la Navidad se llevara de golpe tanto mamoneo.

Ellos mismos estas navidades harían de majestades para muchos de los suyos, pero y para aquellos tantos otros que sí ponían ganas, que sí querían, que también combatían el tedio de la vida, para aquellos tantos otros que haciendo todo bien se habían quedado sin nada. Con el corazón, medio roto y la risa ya media amarga, se tomaron sus pastillas para la tensión, y dirigiéndose al dormitorio se cogieron de la mano, pues ese sería el verdadero y único regalo que encontrarían a la mañana siguiente.

ÁFRICA BARBAS.descarga

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