UN OASIS DE HORROR…. por CARLOS GAVILÁN

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“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”

  • Charles Baudelaire.

Si analizamos la irremediable situación actual que parece prolongarse indefinidamente, observamos con impotencia cómo no dejan de repetirse imágenes de sucesos de ametrallamiento de la dignidad humana en la caótica selva urbana de las grandes ciudades, en la miseria y la explotación, la incultura, el atraso y la cada vez más desigualdad social, las bancarrotas, la xenofobia, la contaminación y el cambio climático, las migraciones, la anorexia y la depresión, los crímenes contra la humanidad, el terrorismo con las masacres y viles asesinatos de atentados con bombas que esparcen los cadáveres de pobres inocentes, la sangre vertida por los mártires cristianos, las guerras fratricidas, la moderna inquisición y cruzada del ISIS y otros grupos paramilitares que recuerdan la crueldad de otros tiempos y el capitalismo agresivo y sin escrúpulos que devora a sus hijos al tratarlos como instrumento de producción económica y militar, como si su individualidad les importase un bledo. Un capitalismo que se utiliza para destruir y cambiar el mundo.

Todo esto puede que sea ilegible e incompresible para la mayoría de la gente: un tiempo de amargura y dolor que parece regido por una fuerza sobrehumana equivalente a un destino, una situación que hace perder la confianza y la fe en el progreso como sucesión temporal de las acciones humanas. Llegado hasta aquí, siento que es un tema o un planteamiento de lo más interesante que merece la pena abordar. Y lo digo por la grave complejidad que entraña poder darle significado. En cuanto a mi gran preocupación sobre qué futuro podemos esperar, me pregunto si no hemos llegado ya al punto de máximo desorden e independiente del futuro, si este ya no ha quedado arrinconado para siempre. Me digo casi convencido “¡ya no hay ni habrá futuro!”, que si hay alguno será inventado. Y es verdad: ya no hay futuro, esto es cosa del pasado.

El futuro ha llegado a convertirse en algo ficticio, como decía Günther Anders: «El hombre se habría quedado obsoleto como medida de la política, de la economía, de la guerra o de la ciencia, pues sus capacidades resultan superadas por las máquinas inteligentes». El hombre de hoy es incapaz de poner solución a lo que está pasando día tras día; se ha dejado llevar por el curso de los acontecimientos con la falsa expectativa de que todo esto se acabará algún día, que le pondremos remedio y volveremos a tomar el control de la situación, y que esta será como queramos incluso mejor. Para pensar así hace falta mucha más capacidad de resistencia, y me parece muy importante citar a un extraordinario autor como es Henryk Skolimoswski y exponerles un resumen sobre su último ensayo Hemos nacido en tiempos difíciles, que nos  propone desplazar el centro de la discusión filosófica del ámbito del sujeto al de su  interacción con el mundo: «Nuestros esfuerzos participativos deben favorecer la vida a largo plazo. Hace falta ir hacia formas de interacción que contemplen la responsabilidad y la compasión hacia todas las criaturas vivientes. Necesitamos crear formas participativas de vida que vayan más allá de las maneras de participación que ejemplifican el bingo o el carrusel del consumo. Da cuenta de las formas de comprender el mundo que han caracterizado el pensamiento occidental desde su origen, rechaza (por considerar que ya no funcionan, en el sentido que no permiten vivir “mejor” o “evolucionar”) tanto la religión como el conocimiento científico y el pensamiento racional (que el autor considera una respuesta a las demandas del medio no más sofisticada ni útil que la que ha garantizado la supervivencia de formas de vida supuestamente “inferiores”, como las amebas)…propone un modelo en el marco del cual el “yo individual” se inserta en el “yo social/cultural”, el cual, a su vez, participa del “yo cósmico/universal”: de esta serie de participaciones y pertenencias se extrae la naturaleza del hombre, pero también la propuesta de una ética participativa que supere el agotamiento de las formas tradicionales de pensamiento filosófico y las categorías monolíticas que contraponen al hombre con la naturaleza y a su esencia de lo que éste hace consigo y con los demás”. Al fin y al cabo, “hemos nacido en tiempos difíciles y, de forma justificada, podríamos sentir lástima de nosotros mismos. Los periodos críticos como el nuestro destruyen muchas alamas menores, pues suponen un reto para nuestra esencia última, pero aquellos que la asuman prevalecerán y darán testimonio de la fibra indestructible de la condición humana».

Me decía un amigo que “habíamos nacido en tiempos difíciles”: en la post-guerra civil y de la 2ª guerra mundial, que dejaron una profunda crisis económica. El curso de nuestro tiempo nos hace ver esa misma crisis como una repetición del curso cíclico de las estaciones que, quiero pensar, abrirá la puerta a un futuro mejor. Lo que necesitamos es retornar a un pasado que nos permita proponer un nuevo comienzo, y así poder recuperar la esencia y la confianza en la capacidad del hombre para satisfacer las necesidades, reducir el dolor y alcanzar la felicidad, o al menos acercarse a ella. Robert Nisbet escribió: «La humanidad  ha avanzado en el pasado, avanza actualmente y puede esperarse que continúe avanzando en el futuro».

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