Puer-Pueri capítulo 3

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Había en el colegio un capellán que vivía en un chalet al final de la finca, y que poseía un carácter irascible. Tortura de cada semana, cuando las monjas nos obligaban a confesar, siendo niñas inocentes, y a decirle memeces al cura para cumplir. Y lo peor es que aquellas «madres» como se hacían llamar, a base de pensar mal y trasmitirlo a las pobres alumnas, terminábamos soltando un rosario de pecados ficticios, los cuales una puer-pueri es incapaz de albergar con mala idea. Ahí fue cuando me di cuenta, de que me encontraba en una sociedad tóxica y neurótica, la cual le quitaba a la existencia todo aliciente. No así las que se criaban en colegios laicos, o en su casa, y la familia pasaba de  rituales marciales, como la misa diaria en ayunas, donde las alumnas se caían sobre el parqué de los asientos entarimados de las que los elegían, o si no, el ruido estruendoso de la alumna desplomada en el reclinatorio general. Corriendo al refectorio a que comieran leche con galletas o llamar a sus padres si había fiebre o algo peor. Como iba diciendo las que «estaban mal educadas» eran más sanas mentalmente.

«Las madres» eran las monjas licenciadas o maestras, que entregaban la dote a la congregación y no hacían tareas domésticas, solo daban clase. Y «las hermanas» eran de clase social inferior, éstas limpiaban, cocinaban, y siempre estaban atareadas con los trabajos domésticos de aquel edificio gótico y lujoso, de origen y diseño inspirado en otras construcciones originarias en Francia, tras la expansión de conventos-escuelas de educación y enseñanza de alta disciplina para niñas y adolescentes.La fundadora, que decían fue «venerable» y ahora no he seguido su trayectoria de nombramientos en la santidad. Siempre nos contaban en clase como había renunciado a la vida mundana y dejado atrás los honores y riquezas de su familia, para dedicarse en cuerpo y alma, a la docencia moral, religiosa e instructiva, de futuras mujeres de exquisita formación en una sociedad moderna. Todo eso se logró, pero como todo, tuvo su tiempo de gloria y decadencia (por lo menos, lo que yo conocí),  pues  asistí a una fase final, hundida en la etapa de la más fatal de las caídas.

Yo crecí amando profundamente la figura de Jesús y analizando paso por paso, con memoria de elefante, todo cuanto allí ocurría. Más que una niña yo era un pequeño monstruo «registrador» de gestos, incidencias, anécdotas y reacciones humanas en medio de dicho entorno, lo cual intentaré trasladar aquí para quien pueda interesar.

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