PUER-PUERI. CAPÍTULO 4

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Los árboles del colegio estaban llenos de gorriones y en algunos recodos del edificio llegué a observar nidos.  Eso me marcó tanto que explica como para mí, esa especie de pajarillos, sean unos de mis predilectos.  Parece mentira pero la vegetación, el estanque que las monjas llamaban «La Gruta», donde se encontraba una Virgen, se oía croar a las ranas, y el picón rojo del camino, las palmeras cargadas de dátiles, de pequeño tamaño, pero comestibles y el contemplar la prohibida huerta de las monjas, la cual se divisaba al oeste de la finca, donde un honrado jardinero se ganaba el sustento y mantenía a su familia con todo ese trabajo. Todo, todo, era para mí de tal belleza, que desahogaba mi alegría, emprendiendo una carrera sin sentido, desde las clases hasta la gruta, acabando muchas veces con las rodillas pintadas de mercromina.

Las monjas usaban para lavarse jabón lagarto en pastillas, de manera que no olían mal, pero, tampoco bien, pues daban al moverse y sudar, un olor a algunos residuos o moléculas volatilizadas de un tono ligeramente rancio.  No estaba en sus normas atraer con perfumes feromonados o almizclados, por eso no los usaban. Ni tampoco la colonia, pues no podían oler a nada.

Sus cabellos estaban cortados al mínimo debajo de la toca que tapaba media frente y al principio también el cuello, luego se modernizó dejando el cuello y barbilla al descubierto,  encima tenía una tarjeta del mismo color del hábito y más tarde, solo el velo encima de la toca todo ello de color marfil, de hilo, siendo el hábito morado de lana y tergal, y largo hasta los tobillos, dándo lugar también a varias modificaciones en el transcurso del tiempo. Para el frío usaban una rebeca de lana acrílica de color morado casi burdeos igual al color del hábito.

Observé desde el principio, que las pocas monjas vocacionales y buenas, en las clases, tímidamente hablaban de que habían sentido la llamada de Dios para la vida monacal, o conventual.  El hecho de casarse con Dios y de entregar a Él sus vidas, había tenido la causa de una conmoción interior, y cuando directamente les preguntábamos como había sido esa llamada, callaban. Trataban de ocultar episodios de apariciones y mensajes recibidos en forma real, que no revelaban por temor a la burla, por miedo a ser tomadas por enajenadas, y eran pocas las personas que podían tener el privilegio de ser elegidas para tal confesión del suceso, traducido como la llamada del Señor.

Tuve la oportunidad de conocer a las verdaderamente beatas, a la pícaras, y a la amargadas y renegadas, así como a la mediocres y desequilibradas. Toda una gama para el estudio.  Debo reconocer que las «madres dedicadas a la enseñanza» casi santas, eran a la vez armónicas y brillantes en su intelecto. Algunas «hermanas»  las de la cocina y otros trabajos eran sencillas, pero con su comportamiento revelaban bondad, entrega y sacrificio. De las pícaras hablaré en próximos capítulos.

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