PUER-PUERI CAPÍTULO 8

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Durante el curso se celebraban fiestas de algunas fechas, las cuales no puedo precisar, alguna era de Navidad y en casi todas ellas se vendían refrescos, algunos dulces y rifas, cuya colecta, era casi siempre para «Las Misiones».  La fiesta más importante era la de La Virgen y se celebraba en toda España, el 15 de Agosto. Ahí fue cuando me quedé enamorada del postre clásico de la congregación del convento: Un hojaldre en forma de círculo o torta, que portaba en su superficie una mermelada de ciruela roja natural, que hacían las monjas y cuya receta que no revelaban, vino hacía mí años más tarde. En dichas fiestas era cuando se veían niños en los patios del colegio, hombrecitos y padres, todos ellos familia o invitados de las alumnas. Cada vez que acababa el curso escolar, las maestras de clase, que siempre eran «Madres», nos ponían la tarea de tricotar o tejer otra clase de punto como el croché, para producir unos rosetones cuadrados de lanas de colores (unos diez) que midieran más o menos 10×10 cm y así mandarlas a las misiones para juntarlas y el resultado: Mantitas para los niños pobres de las misiones en África. Así fue como mi madre y mi abuela me enseñaron a hacer punto con una o con dos agujas. Nunca soporté el hecho de tener que hacer tareas en el verano, menos el punto, todo lo demás en los cuadernos de ejercicios, los hacía a regañadientes. Tampoco me gustó nunca las tareas en casa diarias, ni las que mandaban el fin de semana. La infancia, tiene suficiente con lo que exigen en los colegios y a mí me parecía una triste invasión, el tener que quitarle horas a mi familia, amigas y juegos propios de la edad. Uno de mis principales ratos de ocio, se los dedicaba a mi abuela y me parecía siempre poco, el tiempo que hablaba con ella. Creo que le caía simpática, pues ella que no tuvo demasiada paciencia con sus 6 hijos, ahora notaba que le agradaba mi compañía y mis preguntas. Era una mujer muy inteligente, que repetía una frase constantemente. Esta era «cualquier cosa que haga otra mujer, la puedo hacer yo» y me enseñaba una blusa, un jersey,o unos pantalones confeccionados por ella misma. Cocinaba muy bien y una de sus hermanas se presentó a las oposiciones de maestra nacional obteniendo el número uno en toda España. El número dos fue su marido, mi abuelo, que además era profesor mercantil y llegó a estudiar tres años de medicina, y no siguió porque no le gustaban las autopsias. Sin embargo, ejerciendo como director de escuela, en cada destino a donde iba, era llamado de urgencia, pues los médicos en los pueblos eran escasos y no había los centros de salud que hay ahora, así él se ponía en camino, para ayudar a las parteras cuando algo no iba bien. Salvó la vida a muchos niños que se presentaban de nalgas. Luego les daba a la madre un ponche y ¡como nuevas! No pude disfrutar tanto de él como de mi abuela, pues murió cuando yo era muy pequeña. Fue quien me agujereó las orejas, para poder lucir mis primeros pendientes, cuando yo era un bebé. Volviendo a mi abuela, tuve con ella interminables conversaciones, las cuales me llevaron sin yo querer, a que ella penetrara tanto en mi psicología, que a menudo me decía: ¡Tú quieres llevar el mundo con la punta del dedo meñique! y a continuación se reía, y excitada, ponía una expresión a la vez de intriga, sorpresa y también algo de compasión, era como decir o pensar:¡Que será de esta niña en el futuro, pues yo no estaré aquí para verlo!. Posiblemente esa sea la melancolía que muestran algunas abuelas con respecto a sus nietos.  Ello llevaba a mi abuela a gastarse sus ahorros y llevarme a un médico privado, para una revisión íntegra, ya que consideró que estaba delgada. Tomé un poco de hierro, unas vitaminas,  y creo que para el stress que me ocasionó una adolescencia excesivamente responsable, (pues a todo le daba demasiada importancia), me recetaron un relajante inocuo para mi edad.  Siempre que salía del colegio, ella me esperaba en el balcón y enseguida me preparaba una merienda cena.

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