CARLOS GAVILÁN

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Hoy al mediodía, al salir de la iglesia, me encontré en la puerta con el Padre Ramón acompañado de un mendigo.

-Hola, que bonito día de domingo. Sabía Padre, nuestro amigo es de El Hierro.

-Sí, ya nos conocemos desde hace algún tiempo. Estábamos hablando precisamente de lo mal que van las cosas por allí me comentó el Padre Ramón.

-Nuestro mendigo se llama Pedro, me miraba algo triste y le pregunté si sentía nostalgia por nuestra querida isla.

-Sin duda, el recuerdo de mis padres (que ya murieron), mi casa en Guarazoca, y cómo contemplaba desde ella el paisaje cada mañana antes de ir a la escuela… siento que el dolor que llevo dentro de mí desde que llegué a Tenerife me mantiene alejado de los demás, por eso decidí mendigar en las puertas de las iglesias. Le estaba diciendo al Padre Ramón que de momento sólo el Señor me basta para llenar mi corazón y mi vida. Él me permite alojarme a sus pies cada día que pasa, de esta manera puedo sentir su amor y ver cómo me sonríe. Tal vez, mi destino era estar solo, la gente en general no es como ustedes, ellos normalmente se acercan a mí para darme la limosna y al instante se esfuman, se marchan indiferentes dijo Pedro.

El Padre Ramón al verle con un Rosario entre los dedos, le preguntó:

-¿Y sus oraciones?

-Son por los demás, por un mundo sin injusticias sociales… como verá, no tengo otra cosa que dar. A los que me dan limosnas, yo en silencio les bendigo y rezo por ellos, no tengo nada que ofrecer a nadie, ni siquiera que ofrecerme a mí mismo…

Poco después, Pedro nos dio la mano y se fue, quién sabe hacia qué lugar. Por unos instantes, nos quedamos pensativos y cabizbajos sin saber que decir. Carraspeé, y creí conveniente aprovechar ese momento para preguntarle al padre Ramón por sus ejercicios de natación, -él me dijo:

-Es el mejor lugar al que puedo acudir en mi tiempo libre. Allí logro distanciarme por algo más de una hora de los problemas y grandes dificultades que entraña el ejercicio de mi apostolado, actualmente, las familias están pasando una prueba difícil, los pobres, los enfermos. Cuando nado puedo sentir el sosiego y los suaves movimientos de mi cuerpo, mi cabeza, espalda… ¡es fantástico! También en esos momentos me doy cuenta de cómo es posible encontrarse con lo mejor de uno mismo, y sobre todo (lo más maravilloso), sentir más cerca al Señor. Es como si nadaras en las aguas profundas de un inmenso mar sintiendo la fuerza de Dios.

-Padre Ramón, me gustaría ir a nadar de vez en cuando para sentir algo así, y probablemente mis pacientes también gozarían de una mejor salud si sintieran lo mismo.

Mi mujer y mi niña me llamaban desde la escalinata para decirme que teníamos que irnos.

-Gracias Padre, que tenga un feliz día. Ha sido muy importante para mí escucharle a usted y a nuestro amigo Pedro. – Le dije mientras me alejaba agitando mi mano.

A veces, cuando paseo con mi perro por la mañana temprano, le doy los buenos días a Pedro mientras le observo saliendo de algún portal o cajero, cargando en los hombros un pequeño colchón de gomaespuma. Me digo a mí mismo que ningún ser humano debería dormir en la calle, ningún vecino de nuestras islas debería vivir en la calle…Es preciso darles un hogar, una institución que les acoja y les haga sentir lo que nos importan, donde puedan recibir todo el amor y las atenciones necesarias para reintegrarles al mundo laboral y social con dignidad. CiBC0O9WMAA1EZ8

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