JOSE CARLOS GAVILÁN

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CANARIAS

 

 

En una época de aceleración del ritmo de la evolución histórica en la que nos encontramos, y de una modernización desencaminada como la que estamos viviendo actual-mente, se podrían debilitar nuestros vínculos de los que depende nuestra existencia como pueblo. Esto ya está dando lugar a profundas tensiones en nuestro entorno europeo, con el desmoronamiento de la solidaridad, desmotivación, despolitización, privatización, y las crecientes des-igualdades territoriales, y como consecuencia una sociedad más fragmentada y decepcionada. Se puede estar consolidando un proyecto de racionalización intelectual y social autodestructivo, que se pone en evidencia en los continuos conflictos sangrantes y en las desigualdades sociales como consecuencia de una crisis devastadora. Vivimos en un en-torno cada vez más secularizado de la población europea, y necesitamos soluciones urgentes para una anomalía cada vez más necesitada de corrección.

Después de valorar este análisis del inmenso desastre político, económico y social en el que se encuentra nuestro mundo, es preciso, que nosotros como pueblo, nos impongamos el deber moral de proteger a nuestra sociedad de la avalancha de acontecimientos que se avecinan, y que agravarán aún más las cosas. Me pregunto, cómo hemos llega-do a esto, qué pilares si es queda alguno en pie sostienen este mundo que conocemos, y además, qué podemos hacer para que esta situación irreparable no pase desapercibida y se siga ignorando. Se me ocurre, que lo único que merece realmente la pena, es extender nuestras responsabilidades allí donde aún es posible hacerlo, en «nuestro

ámbito territorial, en nuestras humildes y grandes identidades», donde hemos de asumir la parte de responsabilidad que nos corresponda para la construcción de un futuro mejor. Somos nosotros, los que debemos de impulsar y emprender las grandes reformas que sean necesarias sin la necedad de ir más allá. Para ello hemos de intensificar la tan imprescindible solidaridad entre los pueblos de nuestras islas. Hay que tener en cuenta que nuestro vínculo unificador previo de siglos de historia, puede perderse como ha ocurrido en otros pueblos por no tener claros patrones de cultura íntima y política. Hoy día es más necesaria que nunca esa cultura íntima y política. A veces, da la impresión de que somos un pueblo disperso, sin identidad o que adolece de la misma. Canarias ha mostrado siempre una fuerte dificultad para percibirse a sí misma a partir de símbolos culturales generales para todo el archipiélago, incidiendo más en las diferencias que en las semejanzas. Por eso es imprescindible saber, que la descendencia común, el origen ancestral común, la herencia cultural común, son decisivas a la hora de vernos a nosotros mismos como nación diferenciada. Ello no supone necesariamente que dicha herencia sea demostrable, sino que basta la existencia de una creencia en la misma.

Me parece importante traer a nuestra memoria, el inicio de la emigración a Venezuela después de aquellos años de sequía y de la guerra civil española. Venancio Acosta Padrón, en su libro “Emigración clandestina de El Hierro a Venezuela”, nos habla del «Saturnino», “que apenas medía 16m de eslora y 5m de manga, con una vela y estado prácticamente de desguace que daba escalofríos”. Sirva este libro de homenaje a grandes hombres de nuestra isla como D. Juan Ramón Hernández Padrón, D. Francisco González Pérez, D. Ángel Gutiérrez Gutiérrez… de El Pinar, y a tantos de otros pueblos que se hacían a la mar por la lastimosa situación en la que se encontraban sus familiares y la mayor parte de la población herreña, donde sólo vivían medianamente bien apenas un 10% de la población. En los emigrantes se mantuvo la autoafirmación de los canarios como procesos socioculturales de diferenciación étnica, creando en las grandes ciudades “hogares”, clubs, asociaciones… con delegaciones locales en toda la geografía. Muchos trabajos han estudiado el papel de los canarios en la gesta americana, y la genealogía de los grandes hombres americanos con sangre canaria, lo que en opinión de muchos expertos constituye una especie de biologización de la cultura canaria en la “herencia” o “huella canaria”. No podemos olvidar en estos momentos que estamos pasando, la ayuda que muchos canarios realizaron con su apoyo económico cuando sus islas se encontraban en periodo de crisis, y como contribuyeron de forma decidida, a través del ahorro y el envío de remesas, a la reactivación económica de las Islas. Estoy convencido de la valiosa aportación del Nacional-Insularismo, como “tendencia política basada en la estrecha vinculación entre el nacionalismo y el Insularismo, como germen de unión y conexión en la solidaridad, familiaridad y en la identidad, y que contribuye, dignifica y hace crecer la vida en nuestros barrios y pueblos de nuestro territorio nacional”. Habría que impedir la influencia del estado con una ética negativa enfocada a valores materiales. Sabemos que esta imagen del mundo y del ser humano, es la consecuencia del incremento de un conocimiento científico descontrolado que ha contribuido decisivamente a la ruptura de las antiguas certezas morales. Siempre hemos de mantener nuestro valor como pueblo homogéneo con soberanía popular igualmente sustancial, con ciudadanos que asumen su responsabilidad como miembros de una sociedad que tienen que cuidar y respetar, no sólo en interés propio sino en pro del bien común, y que a su vez se muestran preocupados en torno a temas que afectan a toda la colectividad. Además es muy importante recodar, que nos sentimos herederos de una tradición, y de que somos continuadores de una cultura. Con el flujo cultural interinsular, cada isla ha generado su propia creatividad cultural en base a la articulación de un conjunto diferenciado de tradiciones y de una adaptación propia a un ecosistema específico. A partir de un substrato cultural aborigen, sus configuraciones históricas diferenciales se enriquecen con variaciones insulares. Por eso, en la vida de nuestro pueblo puede

permanecer intacto algo que en otros pueblos se ha perdido, y que no se puede recuperar sólo por medio de la transferencia del saber de nuestras universidades, me re-fiero a nuestra sensibilidad, a la revelación de nuestro pasado cultural no contaminado, a la capacidad de expresión diferenciada para hablar, de nuestro modo de expresar “la vida misma”, de nuestra relación con la naturaleza… estos han sido los medios más importantes para el desarrollo de una identidad emergente que hace posible articular pasa-do, presente y futuro. Y ahí nos encontramos nosotros, con la visión de un mundo que parece ajeno y que representa una verdad compleja. Con un gran esfuerzo hacemos lo posible por comprender lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, y encontrar las alternativas que nos permitan impedir que algún día lleguen hasta nosotros, nos afecten, y nos engullan por no haber sabido preservar nuestras referencias históricas. Mientras, hemos de permanecer a una prudente distancia, expectantes y respetuosos como observadores de sus patologías sociales, al mismo tiempo que reconocemos nuestra propia responsabilidad para construir nuestro futuro de bienestar y progreso. También hay que añadir, como hemos de aproximarnos más a una realidad que demanda una conciencia social, de ayudar a los menos favorecidos, de fortalecer nuestro sistema educativo y de una mayor formación en Humanidades, el fomento de un espíritu emprendedor, el apoyo a la familia, y la conservación de nuestro patrimonio cultural. Esto nos hará seres humanos más plenos, y nos permitirá descubrir nuevos horizontes.

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