NUESTRA DOCTRINA CATÓLICA.-Por Carlos Gavilán

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36 Año III — 12 de JUNIO de 2016

Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios. Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso. Simón contempla la escena horrorizado. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartar rápidamente de Jesús. Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado. Vete en paz». Todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos… Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.

Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia como si para nosotros no existieran.

No son pocas las preguntas que nos podemos hacer:

¿Dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿A quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿Qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente? ¿Con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad? ¿Quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones? J. A. Pagola

NUESTRA DOCTRINA CATÓLICA

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Me preguntaba en qué medida tenemos presente la Doctrina en nuestras vidas, como miembros de la Iglesia, sabemos que la Doctrina Social de la Iglesia Católica es un conjunto de normas y principios referentes a la realidad social, política y económica de la humanidad, basada en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia católica. El compendio de Doctrina Social de la Iglesia y el Catecismo católico la definen como un cuerpo doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia en la plenitud de la Palabra revelada por Jesucristo, y mediante la asistencia del Espíritu Santo, lee los hechos según se desenvuelven en el curso de la historia.

“Eclesia Semper Renovanda”, sería algo así, como la Evangelización de la cultura-Cultura de la Evangelización, y la filosofía actual del hombre, con la Doctrina iluminando sus conceptos.

 

Por tanto, es preciso aceptar las manifestaciones culturales en general, siempre dentro del marco conceptual de las culturas. Por ejemplo: En otros tiempos (me remito a los siglos XIII-XIV) la Iglesia veía normal el que hubiera esclavitud. Ella misma los tuvo, y no pasaba nada. Deberíamos estar más atentos con todas estas cosas, que tienen que ver con la modernidad que padecemos, como puede ser la homosexualidad, en las que es fundamental su regulación o formalización legal, que a Dios gracias se viene haciendo por algunos gobiernos en los últimos años (EE.UU formalizó la legalización del matrimonio homosexual el pasado 26 de junio, teniendo una gran repercusión en todo el mundo y general buena aceptación por los ciudadanos, sobre todo aquellos cuya orientación sexual es la misma). Para ello, es esencial nuestra contribución como cristianos, y seguir documentándonos sobre todos aquellos temas que actualmente tienen consecuencias muy importantes y que, por su relevancia, forman parte de nuestra sociedad desde hace mucho tiempo y pertenecen a las vidas de millones de personas. Porque todo lo nuestro no siempre es lo mejor por el hecho de ser cristiano, a la vez que hemos de conseguir que forme parte de nuestra cultura de vida. La información y formación que la Doctrina nos puede dar, es imprescindible para que uno pueda ser un cristiano responsable. Por otro lado, creo que es muy importante lograr un equilibrio, de modo que, su influencia, no sobrepase ciertos límites que impidan desarrollar una vida personal y auténtica. El estudio de sus normas y valores son muy necesarios para saber orientar nuestras vidas con una estructura bien cimentada, pero cuando se lleva a un extremo se convierte en contravalores, nos ahoga e impide nuestra realización personal, convirtiéndonos en fundamentalistas o esclavos de la norma. Y viene a nuestra memoria la Carta a los Gálatas de San Pablo, como vindicación del Evangelio, cuando dice: “comenzamos en el Espíritu, y habéis terminado en la Ley” (en referencia a la Torá judía). Es como estancarnos, es matar la Palabra y quedarnos con el dogmatismo.

 

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