ISAAC Y LAS PEQUEÑAS COSAS

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Isaac y las pequeñas cosas.

Isaac no era ni un gran científico, ni un gran abogado, ni un artista destacado…. tampoco era un deportista de élite. No había hecho nada extremo que conmocionara a las masas ni por gracioso ni por patético. Ni siquiera era estereotipadamente guapo. Isaac carecía de cualquier rasgo o atributo que hiciera de él, un irresistible bocado para la lujuriosa fama, no aparentaba ser una jugosa presa para los vampiros de las finanzas. Isaac se había librado, por naturaleza de ser una polilla inocente que quemara sus alas al calor de alguna despiadada y fulgurante luz, disfrazada de éxito.

Isaac siempre había llegado tarde a las oportunidades que todos habían aprovechado y había tenido que aprender a parar las bocas de sus amigos, en el patio del colegio para no quedarse sin bocadillo cuando lo compartía. De muy pequeño, todas las madres del mundo, como la suya enseñarían a sus hijos a ser buenos y generosos, y cuando contemplaba pasmado las salvajadas y fechorías que cometían sus compañeros en el colegio, pasaba alicaído varios días. Isaac había sido bendecido con un gran tesoro y maldito con la peor de las desgracias, una perfecta normalidad..

Isaac vivía en un lugar bello y paradisíaco, pero de muy cortas miras y aspiraciones, como todos los sitios pequeños y provincianos, pero eso no había resultado impedimento para que se cultivase lo suficiente y supiera disfrutar del arte en general, la filosofía y las pequeñas y buenas cosas de la vida, incluso lo divino, aunque todo aquello hubiera sido sustituido por el gran dios Dinero.

Isaac no iba a bodas que no le emocionaran, ni a fiestas que le aburrieran. Después de muchas desilusiones empresariales y personales, de muchas enfermedades y burlas prestidigitadoras a la muerte, había aprendido a depositar bien sus afectos. Y no es que se le hubiera secado el corazón, pues lo entrenaba día a día soñando y amando sin límites a quien la salud le permitía, es que había desarrollado un cierto sentido de urgencia y prisa por vivir. La naturaleza y la Vida lo habían educado bien a empujones.

Sabía que el considerado mundano acto de vivir, era como subirse a una elástica espiral vertiginosa, adornada de milagros y abismos que se expandía y contraía en un abrir y cerrar de ojos y después de muchos amaneceres y atardeceres dibujados en su propia carne, se había alistado en la congregación de los aprendices del “buen vivir”, escalafón inmediatamente superior a los del “bien errar”. Y mientras leía un buen libro en una tarde de invierno, agradecía no ser adicto al autocompadecimiento en la redes sociales. Y disfrutar de una humilde y sencilla pero deliciosa comida con un ser amado en la intimidad, le parecía un excelso tesoro al que aferrarse lealmente y cuidar con esmero. No soportaba rodearse de aquellos bárbaros patanes que después de atemorizar con sus vilezas afirmaban orgullosos “con que me quiera yo, ya es suficiente”.

Saboreaba anécdotas divertidas con aquellos de gran imaginación y le gustaba hacer el pato y sentirse niño. Abreviaba al máximo posible los encuentros con amigos envidiosos, fingiendo enfermedades y citas urgentes. También huía de aquellos de infinita verborrea y narcisistas pedantes y simplones que ejercitaban el deporte de crear suspense alrededor de sí mismos, por miedo a revelar sinceramente que eran aburridos hasta decir basta. Isaac había envejecido mucho siendo joven y le quedaba aún todo un minúsculo jardín de libertad personal desde el tumbarse con el rostro hacia el cielo a contemplar el infinito firmamento de la Vida.

África Barbas.cylkj7iwqaac09h

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