EL PINCEL DEL AVE FÉNIX

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Anabella era femenina, de formas y rasgos exóticos y elegantes. Era sencilla y silenciosa, su mirada de fuego intimidaba y sus gestos cotidianos recordaban en su perfección a los sinuosos y coreográficos movimientos en una ceremonia del té japonesa. Ella no andaba, parecía más levitar.

Anabella vivía por y a través de sus lienzos, con cada uno de sus trazos el mundo parecía ser esculpido de nuevo, perfeccionando una distorsión o vacío. Todo aquello que captara su pupila, todo cuanto pasara por su vida era transformado en algo más interesante y bello aún, a través de sus pinceles. Sus ojos dirigían sus pinceles, sus óleos y sus carbones con la concentración y puntería de un francotirador entrenado para sembrar la vida en puntos exactos y estratégicos.

Todos sus materiales de dibujo parecían responder a una voluntad superior a ella, era el milagro de la creación explotando en silencio en una habitación fría y silenciosa.

Anabella, consumida por su talento, se preguntaba de noche, si aquellas mágicas y salvajes criaturas y paisajes, que había logrado enjaular en sus lienzos, tendrían la más remota posibilidad de ser exhibidas a los ojos extraños, ojos que no fueran los de sus familiares, ojos que al quedar atónitos ante aquel abismal despliegue de poderío artístico, no la traicionaran justo después con alguna frase condescendiente. Si por una vez, sus dibujos fueran testigo de una mirada, que no le volviera la espalda…..

Su madre, rigurosa e inflexible, castigaba incesantemente su naturaleza, con crueldad y frialdad, imposible de ablandar, insistía en sus reproches con la misma implacabilidad de aquellos que piensan que no se equivocan nunca, que siempre están en lo cierto, aquellos que se sienten siempre a salvo cuando se engañan a sí mismos, pensando que han escogido un camino seguro.

Uno de sus hermanos, un chico sensible, de grandes ideales y muy estudioso, había sido capaz de comprender que toda aquella ingeniería artística, todo aquel milagro creativo que Anabella destilaba con su obra día tras día, era el único lazo que la conectaba con la vida misma. Él de vez en cuando sin saber muy bien cómo, intentaba animarla.

“Estoy seguro, Anabella de que si no hubieras nacido mujer, serías admirada y tendrías tu propio estudio de pintura, por el momento en cambio, piensa en casarte, nuestros padres están empezando a perder los nervios”.

Pocos meses después, Anabella moría consumida por la tristeza y la tuberculosis, en su habitación misma habitación silenciosa, de una mansión burguesa de finales de siglo XIX. Aquellas mismas paredes que habían sido testigo de su frágil poder, eran ahora también cómplices de su muerte, despidiéndola pálida, pura y etérea…

Sus dibujos y retratos, sus lienzos y pinceles, repartidos entre sus familiares, como amuletos de la suerte, tardaron poco en ser despiezados y enterrados como anónimo recuerdo familiar, en baúles, armarios y trasteros, esperando palpitantes a recibir algún día una mirada comprometida, una mirada candorosa, una mirada admiradora.

Por ÁFRICA BARBAS.fenix

1 Comentario

  1. Magnífica AFRICA BARBAS, como todo lo que he leído de esta escritora. Aquí nos muestra a Anabella, un talento que se diluyó como lágrimas en el mar, terrible sin duda. Así pasa en todos los aspectos artísticos de la vida, no los que llegan son los mejores siempre y hay muchos talentos que se quedarán anclados en el muelle del olvido.
    Mi felicitación y admiración hacia esta escritora.

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