SENTÍ por Melvin Zamorano

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Sentí que las líneas de sus manos eran únicas, merlínicas, evolucionadas, igual que su carácter, refinado, cantarino, etéreo…Su nariz perfecta en sinuosas lineas originales,  con la única intensidad de una nítida belleza. Sentí su perfume de naranja y aromas cremosos de jabón hecho con limón y miel. Su iris verde y gris, muy corriente, en donde soplan vientos de Los Cárpatos.  La piel, como de un curtido de textura gruesa, sin poros, indicando que hubiera huido su espíritu y se proyectara, muy lejos, hacia su alma interior, dormida, y con la temperatura de una suave  brisa en una playa de verano.

Sentí, cómo sus latidos entablaban la batalla de un volcán,  revolviéndose en su interior y una pasión rebelde que, amortajada, creaba intriga a su alrededor. Y vi como su cuerpo de deidad, perdía turgencias y se adentraba en una madurez elegante y rotunda.

En medio, sonaban las campanas, repicando crispadas, sin armonía, hablando de un espíritu atormentado, huyendo de sus deseos más íntimos.

Y he aquí, ¡que de pronto! me vi envuelto en la cárcel de una fijación que no podía extirpar y que ¡de repente!, se iba a convertir en una enfermedad recurrente, que intuía, se disiparía con el tiempo, pero que en el momento me atenazaba, causando el dolor parecido a las arterias quemadas y abiertas a la interperie, donde pululan esos fugitivos, abandonados a la suerte de sus insistentes errores, por no practicar la disciplina de las tendencias correctas, de cada torrente de emociones y cada precipitación de sentimientos empujados al abismo de la desesperación.

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