LA FELICIDAD EFÍMERA por MARÍA ELENA MORENO

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Lo más importante que me tenía que enseñar mi gran profesora, era que los osos eran plantígrados.  Luego, otra me contaba que la felicidad era efímera, pues ella renunciaba al amor de un hombre, por otro amor fraternal y vulnerable. Una de ellas salió del mundo para entrar en un convento y solo amar a Jesús. Y todas poseían unos ojos enormes y sus bellezas escapaban a la realidad.

Hoy tengo profesores mundanos, que me dan clases de incoherencia, de amargura, de ambivalencias y desequilibrios mil. De mezquindad, de falsedad, de cobardía; pero es real, que dichas asignaturas no las contemplé nunca, representadas en el teatro vil de la vida misma. Lo que es peor, en el trato anodino y diario.

Ahora todos son catedráticos en la materia, interés, lágrimas de cocodrilo, si te he visto no me acuerdo, muérete tu para vivir yo…

Nunca pasaré el examen sin mi cara de idiota correspondiente, pero ante tal expectación, me vuelvo a las aulas, donde cada tarde hacía mis digestiones de niña buena en mi pupitre, a la espera de salir de clase para comer naranjas, bollos y chocolate.

Mercedes, Luz, Beatriz, Begoña. Casi todas han muerto, pero permanecen nítidas en mi memoria; nunca más se repetirán.  Ellas aparecían en mi vista con el arrullo de fondo de los gorriones que anidaban en los árboles del monacal colegio. Sus voces parecían venidas de otra dimensión. Sus manos puras, dibujaban el lago Tiberiades, belenes, ovejas y el río Jordán.  Otras se esforzaban por meterme en la cabeza al Sr.: Kilómetro, la señora Miriágramo y Dª Tonelada.  Luego mi madre hacía lo demás, expuesta a la vitamina D de los baños en el náutico, y mi fijación por la tortilla española contemplando el mar. Después venía el Cola-Cao, los dátiles y las ciruelas del verano.

Y no es éste, un relato de persona desilusionada con el presente, es una exposición de la certeza, de que no hubo nadie más feliz a miles de millas a la redonda.  Y todas estas vivencias, me han configurado débil por fuera y de acero inoxidable por dentro, como los los remeros de la «Armada Invencible» o como «El manco de Lepanto»que vivió para contarlo.

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