UN PASEO POR EL PATIO por Mª Elena Moreno

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Siempre me pasó lo mismo, Él me llevó a las “praderas verdes donde yo pude reposar”, me ayudó a saltar peligros y apenas fueron unos rasguños nada más, y cuando las sombras de las águilas de alas abiertas, iban a levantarme del suelo, con sus garras poderosas, se me encendía el interruptor de las alarmas y ponía “piés en polvorosa” y así, iban pasando los años. Atraqué en insignificantes embarcaderos, en donde había una misión que cumplir, arribé a grandes muelles en donde me sentí necesaria, aprendí lo que me enseñaron y no hubo límites para la entrega, aunque las yemas de mis dedos formaban unas intensas huellas, imprimidas por el desgaste de la fuerte actividad, pasando de la prisa a la calma, del vértigo al medido reposo, de la obediencia a indignación, nadando entre la dificultad, pero Él me seguía dando la mano en nuestro paseo por el patio. Me llevó a conocer feroces hipócritas, insaciables demonios de hocico repugnante, me presentó idiotas irredentos, memas presumidas y libidinosas, me estudiaron los ampulosos y ridículos de mirada insidiosa y despreciativa, conocí gilís y gilitos de muchos quilates -como decía Quevedo- y Él me seguía dando vueltas por el patio, y hoy agradecida, sigo asida a su mano, paseando de un un patio a otro, y le pido con fe, fervor y con lágrimas de felicidad, que no me suelte de la mano.

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