LA QUIETUD DEL VERANO por MARÍA ELENA MORENO

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El verano ralentiza el tiempo, llegando a los balcones y terrazas sombreadas, la alegría, la misma que comparten los bañistas sorteando las olas, entre la gruesa arena de un país de recientes lavas y formación de concavidades y charcos naturales.
Nuestros afectos trazados a diario por la brújula del amor, echa raíces y el aire es puro. La tarde se muestra nueva, serena. Vivo con entusiasmo los días renovados que incitan a mejores cambios y proyectos.
Me abrigo de mis genuínos anhelos y me armo de paciencia para observar, elegir, presentir y entregarme a las tareas lúdicas que se ofrecen donde hay naturaleza y bienestar. Todo se manifiesta, todo aflora y todo se acerca a mis ojos fácilmente.
En los momentos de paz religiosa, no necesitemos nada más que esa sensación de espera por lo eterno e infinito. Hay un tiempo que no nos pertenece, un fragmento de horas que se imponen a la autoridad de cada tarea necesaria.
Busco nuevos rumbos y nuevas coordenadas para poder gozar de los días creativos. Encontraré una nueva cartografía. que me traiga nuevas ilusiones, para seguir los nuevos pasos que día a día nos marca el destino.

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