UN AULA DE 120, por Mª Elena Moreno

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Me eduqué en un colegio de monjas. Los únicos hombres que tenía el centro era el capellán: un tío de mala leche, y el jardinero, un hombre honrado con unos ojos preciosos verde esmeralda. Las clases eran aulas de 40 alumnas aproximadamente, pero cuando se reunían todas, los cuatro grupos por orden alfabético A,B, C y D, formaban un aula gigantesca parecida al salón de actos, que tenía la capacidad de un cine de los más grandes que operaban en Santa Cruz de Tenerife, antes de que se convirtieran en «multicines». Pues bien, asistí a conferencias de un nivel casi ahora imposible de conseguir. La jefa de estudios sumaba algo así como tres carreras y me enseñaron mucho sus charlas de lujo en las clases de religión, las cuales ella las convertía en discursos filosóficos. Aquellas profesionales no parecían fatigadas, eran madrugadoras, fieles a un horario y por lo que yo observaba, ponían ilusión en lo que hacían.
Había monjas chismosas, otras narcisistas, otras amargadas, pero no sé por qué, después de rezar todas volvían a cargar las pilas de la positividad.
Tres monjas en concreto rezumaban «santidad». Mi protectora a ultranza, la Reverenda Madre un ser maravilloso, una tutora de clase: un encanto de personaje de novela del siglo de oro, y una más, que siempre comenzaba las clases esbozando el río Jordán, era de psicología llana y sencilla y dibujaba como los ángeles.
Yo aprendí un poco de todas ellas y estoy segura que desde su prisma elitista, me dejaron un rictus heredado de superioridad en los juicios y de proyectar etiquetas clasificando y detectando a los «hierbajos barriobajeros» que se me ponen delante todos los días.
Lamentablemente esta tribu de impresentables de levita y cadilac, forman parte de todos los estamentos sociales y profesionales, pero no los voy a nombrar.
Creo que ese aire de superioridad (intento disimularlo) que me inculcaron las monjas de élite, forma parte de mis peores defectos. La dignidad y la autoestima, no tiene nada que ver ni con la riqueza, ni con las apariencias, pero eso les sobraba a mis preceptoras.
No obstante el móvil de estas pinceladas de recuerdos de antaño para mí es otro. Cada vez que uno de mis artículos pasa de 120 lectores, imagino aquel rectángulo de aula de antiguo diseño, de techo muy alto, en medio de aquel castillo inmerso en el hoy «Centro Cultural Viera y Clavijo» lamentablemente mal conservado, que también llegó a ser conservatorio, además de lugar de ocupas de toda clase de indigentes.
Siempre pienso ¡umhh! no está mal, 120 personas como en mis antiguas clases en el colegio, es mi número.

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