CUANDO UNA MUJER AMA UNA ISLA por María Elena Moreno

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Es suficiente tus litorales majestuosos para mí, y el trasiego de turistas de todas las razas. Es suficiente ver volar los parapentes desde mi ventana. Eres pequeña, isla. Pero has conseguido que ríos de tinta corran, para contar tu historia, así como basta respirar tu cultura, tus tradiciones y los grandes hombres y mujeres que han tejido tu lenguaje, tus corazones enamorados de las raíces ancestrales y el salitre de tu mar. He visto lo necesario de tus microclimas, mesetas y acantilados. He comprobado la laurisilva que llora en invierno por las cumbres. Se percibe, mágicamente, el espíritu de tus bosques, ribetes de mar y pequeños pueblos que se divisan desde tus miradores, como terrones de azúcar en navidad, e iluminados sus portales entre las oscuras nieblas del atardecer. Soy testiga de tu gastronomía natural a la vez que de tus añejas recetas. He podido sentir como se entregan las madres y las abuelas, lo veo a diario en sus manos desgastadas por el troceado, la búsqueda y el fuego con el que siempre, y a pesar de todos los contratiempos, llenan con cariño sus cazuelas. He podido ver el respeto a los mayores, la fe de todos a su Virgen que ahora es la mía. He oído recitar a tus poetas y he escuchado loas en la fiesta de veneración cuatrienal. En suma hay un suspiro en cada camino, cantero, higuera, muros y poblaciones que visito según mi itinerario.

Puedo decir que me he entregado en cada estación, en cada relación con los herreños y herreñas, ya fuera de amor o de amistad. Contemplo orgullosa como todos me saludan, porque ellos/as han entretejido conmigo una estela de filigranas de encuentros y ¡buenos días!. Como nos pasa a todos, hay muy pocos que no han estado en mi misma vibración, pero es igual, porque la indiferencia es un mensaje doloroso.

Cuando una mujer ama una isla es mi caso. Pregúntenme por qué. A unos les diré que es un todo. A otros les contaré anécdotas o pequeños milagros que han sido tan necesarios como la brisa fresca que se respira aquí. Otros, los más buenos e inteligentes me hablan con la mirada. Algunos me entenderán después, aunque yo soy feliz con los que me comprenden ahora. Tan intensamente se siente al Creador en la isla soberbia que habito, como se pueda constatar en las más transitadas del mundo.

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