POR DONACIO CEJAS PADRÓN

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CRÓNICA DE MI JUBILACIÓN

CRÓNICAS PRETÉRITAS                                        

Por Donacio Cejas Padrón

        MI ADIÓS AL TRABAJO, ME LLEGA EL MERECIDO DESCANSO.

Cumplidos mis setenta y cinco años,  he dado por concluida mi actividad comercial,

y al soco de la sombra que produce  la ausencia de prisas y carreras, le pido al Señor que me dé unos años de vida, para disfrutar del regocijo humano que proporciona el descanso, junto a mi familia, amigos, conocidos, a los que seguramente no he acompañado todo el tiempo que ellos se merecen, y deseo  también pasar todos los meses que me sea posible, en mi pueblo de  Frontera, atendiendo y cuidando mis durazneros, mangos, naranjas, viña,  aguacates y otros frutales,  que con mis propias manos he ido plantando en la finquita de Aguanueva,  en La Frontera y Tigaday.

Las nubes del tiempo no han logrado borrar de mi memoria aquella estampa muy dolorosa, cuando el 9 de  Junio de 1.960,   con apenas catorce años,  prácticamente un niño, emprendí el camino de la emigración a Las Palmas, separándome de mi abuelo Francisco a cuya sombra habíamos crecido mi hermano yo, y al que siempre llamamos papá hasta su muerte en  1.965,  de mis abuelos Donacio y Catalina, de mi hermano, de mis amigos y conocidos, y del escenario donde pasaron los primeros años de mi inocente niñéz.  Conservo con celo una foto de la época, del barrio de El Hoyo, y en la que debajo escribí entonces: “ salí de  ti en 1.960, sólo con la frente levantada en busca del porvenir”  pues a  pesar de mi corta edad, ya pude yo calibrar, que aquella habría de ser una fecha muy importante en mi vida,  que ya nada sería igual, y que aun siendo niño ya tendría que comportarme con la responsabilidad de un adulto. Llegué a Las Palmas una mañana luminosa de mediados del mes de Junio, tuve el alivio de que me fueron a buscar al muelle  mis padrinos Benito y Florinda y sus hijas  Luki y Flori, todos ya fallecidos, todo mi ajuar era una maletita de cartón,  con  ropita, algunas fotografías y creo recordar que una carterita con  225 pesetas, y al otro día empecé a trabajar a las cuatro de la mañana como freganchín de vasos y platos en La Churrería Las Tres Puertas, frente al Mercado del Puerto. Si supieran los jóvenes del presente, tan dados a la inconformidad, acostumbrados al mimo y cuidado de los suyos, como sería el dolor de un niño, trasplantado de golpe a un entorno desconocido,  rodeado de personas a los que nunca había visto, ganando un mísero salario de 500 pesetas al mes, completamente solo, y compartiendo cama en el cuarto de lavar, con dos perritos pequineses, – dormíamos los tres en la misma cama-…  entonces sabrían valorar mucho más, el privilegio que han tenido sencillamente por haber nacido en esta época de comodidades y abundancias.

Al verme tan solo y desamparado, en el trabajo menos considerado, fregando vasos y platos, tuve una intuición de muy largo alcance, como fue el considerar que el único camino que me podría sacar de aquella situación sería el estudio, y a ello me dediqué  con esmero y gran sacrificio. Por aquel año de 1.960 se creó en España el Bachillerato  Nocturno, y yo  que había hecho en El Hierro los cursos de Primero y Segundo, me matriculé en el Instituto de Las Palmas del tercer curso, que aprobé, luego el siguiente año de  cuarto y revalida, que también aprobé,  e inmediatamente ingresé en Septiembre en  La Escuela de Magisterio donde cursé casi toda la carrera, todo ello  a mis solas expensas, alternado el trabajo en La Churrería, con mis estudios, al mismo tiempo que obtuve una beca de cuatro mil pesetas,  que  me fue de gran ayuda también.  Ejercí de maestro interino un curso en Frontera sustituyendo a D. Longino Morales,  y en el invierno de 1,966 oposité en Madrid a una plaza de funcionario en El Ministerio de Obras Públicas, que también aprobé, pero mi ilusión no era ser simple funcionario, donde los ingenieros de Madrid tenían la potestad de decidir donde ejercería yo mis labores, y me podían cambiar a donde ellos consideraran dentro del territorio español,  y renuncié al puesto, y tomé el camino de la emigración a Venezuela.  Ya por esa fecha, desde la víspera de Candelaria del año 1,962,  una joven, que a mí me pareció distinta a todas,  se había metido en mi vida, la conocí en la verbena en La Plaza,  la primera vez que asistía al baile, y allí,  esa noche, dos adolescentes, que no se conocían de nada ni nunca se habían visto, estaban asistiendo sin saberlo, desde cuando bailaron la primera pieza y sus manitas se enlazaron para bailar,-  parece que entre nuestros dedos circuló una corriente misteriosa que procedentes de nuestros corazones tiernos aún,-  nos serviría  para sellar  nuestros destinos para toda la vida, que nunca más se separarían uno del otro, y que juntos habrían de formar una familia y un destino común. Nos casamos en San Andrés en 1965, y nuestro único capital, cuando terminó la boda, era de  tres mil pesetas, y poco tiempo después  nos convertimos en emigrantes a Venezuela, siguiendo la senda que  nos habían marcado tantos y tantos miles de canarios.   Aventados al sur, en zona casi selvática, junto a las inmensas llanuras del Orinoco, iniciamos mi esposa y yo  la construcción de nuestra vida laboral, y social, que se prolongó allí por casi treinta años, con hermosos sucesos como fue el nacimiento de nuestros hijos, pero también con el dolor que supone la  ausencia de la querida patria.

Jóvenes aún, decidimos  regresar a  nuestra tierra, aquí hemos luchado, y soportado también el rigor de las distintas crisis, pero siempre contentos por habernos reinsertado en la sociedad canaria.

No obstante, nuestra alegría por haber regresado, no es menos cierto, que al dejar Venezuela después de tantos años, sentimos también  gran dolor, pues en  el transcurrir de  esos tiempos allí,  llegamos a formar parte del entramado social y humano  de la ciudad que nos acogió con gran generosidad, allí quedaron muchos amigos y amigas que nunca hemos olvidado, allí quedó nuestra casa de Villa Alianza  comprada con tanta ilusión pensando que sería  nuestro hogar para toda la vida,  menos mal que la placa con su  nombre JINAMA, que estaba al frente, en la entrada,  es la misma que está colocada en la terraza de nuestra casa de Tigaday, pues al venderla, le pedí al nuevo propietario que me permitiera desprenderla y traérmela.  Y  yo creo que cada vez que llego a mi casa y  la miro, pienso por un instante en Venezuela y en nuestra casa de allá, que por algunos años fue nuestro hogar.

Una mata de mango, ya de gran porte, plantada en Tigaday, junto a nuestra casa, fué traída de El Hato Gil en Macagua,  y  nos  sirve también de emblema y  recuerdo de aquellas tierras, tan queridas y añoradas.    

Si se pudiera medir de alguna manera el nivel de las alegrías vividas a lo largo  del tiempo, yo creo que la que  más  intensamente he sentido, sería sin duda  cuando llegué, después de algunos largos y penosos años lejos de la patria,  a la entrada de El  Golfo por la carretera de La Cumbre, a lomos de mi primer coche en España, El Seat TF B  0593 y divisé Los Roques de Salmor, El Campanario y La Iglesia de Candelaria, porque yo creo que  fue entonces cuando de verdad se me  hizo realidad el sueño tantos años, acariciado desde la cruel y dolorosa distancia. El sueño del  regreso.

He vuelto a ejercer el comercio aquí en Canarias,  durante estos  años, con resultados unas veces buenos y otras no tan buenos, pero así es la vida, los últimos veintidós años, ejerciendo como delegado para Canarias de una empresa peninsular. Mi primera  reunión con los agricultores herreños, ejerciendo ya como delegado, y con la presencia también, de un representante de la empresa, fue en 1,998 en La Cooperativa de Frontera, y mirando estos días en mi archivo, algunas fotos de aquel acto, observo con asombro, que de los presentes aquel día, ya casi no queda nadie, todos han fallecido…¡Que corta es la vida del hombre!. Mis funciones laborales terminaron muy recientemente, después de haber  trillado repetidamente  muchísimas fincas de Canarias,  de haber conocido a la mayoría de Cooperativas y grandes explotaciones agrícolas, de haber tenido buenos contactos con personal de  organismos oficiales de todas las islas,  logrando con gran regocijo la amistad profunda y sincera de todos mis clientes, a los que atendí con esmero y profesionalidad durante  tantos años, nunca tuve problema alguno con nadie, y me consta que me recuerdan igualmente con afecto y respeto. Y ahora pido al Señor que me de unos años de vida  para junto a  mi esposa y compañera de tantas luchas, alegrías, nostalgias y reveses, de mis hijos y nietos, y familiares, me permita descansar, y disfrutar de las cosas buenas de nuestra tierra.

No creo tener enemigo alguno, pues mi alma no sabe odiar, procuré  no ofender nunca a nadie, y siempre tuve presente un principio que leí  en un libro sobre la biografía del Presidente  Adolfo Suárez, el cual se resume así: “Lo que no se puede hacer nunca, en ninguna  circunstancia, es ofender a nadie, y mucho menos producir un agravio, que duela tanto a quien lo recibe, que pueda generar un rencor eterno.”

Mi madre querida y recordada, que perdí tempranamente, siempre nos decía a mi hermano y a mi siendo niños, “ Mis hijos que sean siempre buenos,” parece que ella le daba más importancia a que fuésemos buenos, antes que brillantes en cualquier actividad.

Finalizando esta breve crónica  también con unas frases del Presidente Calvo Sotelo, cuando dejó su vida política en su acto de despedida…decía así: “En una curva del camino, me encontré con mi conciencia, le miré a los ojos y se fue tranquila”

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