LA VERDADERA MUERTE por MARÍA ELENA MORENO.

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Siempre me creí una persona mayor, debido a que a los cinco años, cuidaba voluntariamente de mis hermanitos, al mismo tiempo, que mi abuela me enseñaba labores del hogar.

Mi madre, cansada del trabajo por fuera y por dentro de la casa, delegaba en mi, muchas visitas a la tienda de víveres que existía en el barrio. Me parecía que el mundo se movía lento y era yo, que iba comiéndome la vida a toda prisa. El ventero, se aterrorizaba al ver una niña cambiando las paletas todavía, y chapurreando a cámara rápida, una lista interminable de productos, que mi madre, me había dictado minutos antes. El hombre sacaba sus ojos de huevo duro para fuera y mirándome me decía ¡tranquila fifita, tranquila! Ese era el apodo cariñoso que le dieron a mi madre toda la vida, de Fifí, yo a fifita, nunca me llamaron por mi nombre. Luego tiraba la maleta, donde se suponía que tenía que abrirla para hacer la homework o tarea del colegio, le daba una patada, le fregaba la loza a mi madre y sin estudiar nada, sacaba sobresaliente en las evaluaciones. Cuando la inteligencia natural de mi propia ciencia infusa no me dio para más, no me quedó más remedio que empollar el latín y el griego, ahí me superó una compañera de apellido «Paniagua» que traducía estos idiomas sin estudiar y sin diccionario, igual que mi propia hija, siempre hay alguien que nos supera con creces, en fin, aprobé unas oposiciones al Estado, me casé, trabajé dentro y fuera como mi madre y comencé a envejecer. Como era una vieja desde que nací, me familiaricé con los bajones que da la vida y mi deterioro personal. Ahora me parecen ridículas/los, las mujeres y los hombres, que se niegan a decir la edad que tienen y hacen lo imposible por parecerse a una momia de la época de Tutankamon, pues se hacen tratamientos geriátricos, cirugía plástica, menús antióxidantes y de nada les vale cuando ¡de repente! tres días antes de sobrevenirle la demencia senil, se aterran ante una muerte incipiente, porque no han cultivado su espíritu, se lo han gastado casi todo en el gimnasio. Aquí viene bien la cita de Pitigrilli: «La única gimnasia que hago es ir al entierro de mis amigos que hacían gimnasia»..

Ahí es cuando sobreviene la verdadera muerte. Esa muerte será el final del ser humano cuando la nueva era científica, pueda encontrar el remedio para reponer cualquier cosa, al pasar el ITV de nuestro cuerpo orgánico y templo del Espíritu Santo.

Pues sí, podrán cambiarnos todo menos el cerebro, ya que si esto sucede, nos pondrían el cerebro de «otro» y ya no seríamos yo, seríamos otra persona, así que cuando veo un guapito o guapita, medio anoréxico/a con el cerebro igualmente desinflado, no se si llorar o reírme. Y siempre me acuerdo de la frase de Jesús: Muchos son los llamados y pocos los escogidos, y espero que ante la verdadera muerte Él pueda escogerme entre los llamados, pues no me da miedo morir, ya que desde mi inferioridad, le he echado carnada a mi Espíritu y espero, como una niña vieja, las cotufas a la puerta del cine, que no es otro que el cielo prometido.

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