¡CON LA CUCHARA QUE ELIJAS! por María Elena Moreno.

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Llevo oyendo esa frase de que: ¡Comerás con la cuchara que elijas! ¿Pero siempre?. O: «El que no se calza a la misma mujer toda la vida, no es un hombre». Hay tanta variedad de casos como de personas y las infidelidades están a la orden del día. Pero mis ojos se abrían de niña, cuando una mujer abandonaba a un hombre, automáticamente después de que su éste, su marido, se quedaba en paro. Mientras tanto, otras, aguantaban las borracheras de su amado Adán, hasta última hora de sus vidas. Depende de si eres cisne o gallo. El primero se empareja de por vida y el otro concibe su mundo guardando, celosamente, de una a cinco gallinas, que suele ser más o menos, el número que protege cuando picotea en libertad, él va delante y ellas lo siguen. He visto gallos buscar afanosamente la comida de sus gallinitas, hasta que ellas engordan y se «echan» para incubar. He observado mirlos que han muerto al golpearse de frente contra un coche pues ellos vuelan bajo, y su solitaria pareja cuidar y alimentar, al mismo tiempo, a los polluelos del nido. En fin de todo hay. Pero cuidado, ¿ habrá algo más ridículo que alguien, ya sea hombre o mujer que habiendo tenido una buena pareja, la pierda a ella y a sus hijos, por echar una estrepitosa y prolongada cana al aire? Una cosa está clara que si sabes amar de verdad aguantarás, y a gusto, toda la vida con esa persona, venciendo todos los obstáculos. ¿Quién dijo que fuera fácil?. Recordemos la película de: «Cuando un hombre quiere a una mujer.»

El amor verdadero tiene muchas caras, y hay diversas clases de amores verdaderos. En mi historia sentimental de animales, titulada ¡Cuando una mujer quiere un gato! Me estoy refiriendo al pequeño Santi San, rescatado después de salir de un contenedor, y logrando trepar sobre la rueda de un autobús, con un mes de edad, habiendo sido testigo de la muerte de sus hermanitos. Después de salvarlo, todos lo amamos, y cuando lo ya de adulto lo esterilizamos, porque vivía con gatas, después de despertar de la anestesia, y teniendo todavía hormonas en sangre, se escapó del transportín camino a casa, cuando bajamos del coche, parece que no reconoció su entorno y se puso como una fiera. Estaba embravecido, pues sus gatas habían entrado en celo. Crucé la calle y lo tomé en brazos, para que no fuera atropellado, en medio de su todavía, no buen despertar por efecto de los fármacos, me clavó los cuatro colmillos, lo llevé a nuestro hogar con sus compañeritas y me vendé la mano. Al día siguiente, fui a trabajar exhibiendo una mano monstruosa, ella, la mano, parecía un balón de reglamento y poco a poco se iba el dolor de la hinchazón y yo me reía, diciendo: ¡Santi!: No puedo creer que yo haya llegado a este extremo por amor. Pues sí, me calcé al mismo gato bravucón de por vida. Adiós, mi querido gato. Murió de viejo por muerte natural. Santi San, era su nombre, le puse Santi por haberlo recogido en la iglesia de Santiago y San por Sandokán.

Mis amores han sido siempre contundentes y ahora me refiero a mis lazos afectivos con la familia, la pareja y las amistades, yo soy de «Para siempre»

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