HABLANDO DE MAYORES por María Elena Moreno

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Algunos nacimos viejos en cuanto a responsabilidad adquirida, y sin embargo no nos sentó mal trabajar de niños, cosa que ahora está mal visto, pues ciertos trabajos pueden afectar al desarrollo de las criaturas pre-adolescentes. Estos niños que trabajabamos, es una paradoja que nunca perdimos la ilusón ante el sentimiento de ser útiles a la sociedad.

Más bien, se da la circunstancia de que conservamos las ganas de ser necesarios y ese regusto de ser conscientes, de que gracias a nosotros, alguien o algunos, se sienten ciertamente protegidos por nuestros desvelos. Esos niños viejos hemos existido siempre, como tan bien se hace patente la inutilidad de ciertas personas durante toda su vida.

Cuando íbamos con los maestros del colegio a visitar asilos de ancianos, yo quedé sorprendida de ver monjas de 90 años, cuidando personas de 65 o 70. Éstas religiosas llamadas «hermanas», habían tomado el rol de ser útiles y de trabajar por los demás, y se conservaban ágiles y voluntariosas. Por el contrario las malas prácticas en las vidas de otros viejos, sus continuos ocios y vicios adquiridos por el egoísmo y la sensualidad, pasaban factura a dichos ancianos, que en su mayoría, nunca practicaron la disciplina de las buenas costumbres. En cambio, había otros mayores que exhibían en sus rostros demacrados la huella de la desgracia, de la explotación, y de la enajenación que sobreviene a una vida llena de contratiempos y penalidades. Eso se da mucho en épocas de postguerra.

Nacer con mal pie, huérfanos de amor y atenciones, ya determina, salvo la excepción de la regla, una existencia accidentada y muy vulnerable. Nada es meritorio o desdeñable pues, en líneas generales, nadie tiene culpa de venir al mundo en entornos de pobreza y segregación social.

Hace escasos años, mi madre con 75 años era interceptada por una señora que buscaba trabajo y se dirigió a ella, preguntándole si quería tener una persona que la cuidara. Yo me sonreí porque mi madre, por supuesto ya jubilada en su día, y cuidándose de ciertos achaques crónicos, se valía ahora por sí misma, por lo menos, para como miembro integrante de la familia, desempeñar perfectamente el rol de abuela, cocinando como los ángeles y haciendo los típicos recados del abastecimiento diario en el hogar. He ahí un caso de que, quien busca cuidar, está para que la cuiden a ella, pues la cabeza de mi madre aún hoy con 85 años, es un ejemplo de claridad de juicio y aunque ahora no desempeña tareas del hogar, sigue dando una buena compañía y se vale para alimentarse, vestirse y transmitir su sabiduría y experiencia.

Es un error de apreciación, subvalorar las capacidades de quien observamos, pues casi nadie es realmente lo que aparenta ser .

Las personas mayores más equilibradas que conozco, fueron individuos que en su juventud practicaron la diligencia y la utilidad dentro de la familia, considerada ésta la célula de nuestra sociedad. Quizás no llegaran a la perfección cosa imposible, pero desgraciado del abuelo o abuela que no tiene un nieto que se identifique con ellos de manera afectiva. Sobre todo porque con las continuas crisis económicas son muchos los abuelos que han tenido que actuar como padres de sus nietos, alimentándolos, aseándolos y dándoles la educación necesaria.

El que no ha vivido para servir a sus prójimos y allegados familiares, a menudo, son mayores rechazados y condenados a la soledad, pues cuando maduramos en nuestra vida, es la primera señal de cordura, agradecer lo que somos a nuestros más queridos referentes que intervinieron en nuestra formación.

Hay personas que conviven con sus mayores, otras que sin tenerlos bajo el mismo techo los cuidan a distancia y vigilan, para que no les falte asistencia doméstica y son visitados con frecuencia, casi a diario, en su propio hogar. Probablemente seamos tratados en nuestra vejez, por el efecto boomerang, igual que nosotros tratamos a nuestros mayores, ya que en la vida todo nos es revertido misteriosamente en forma de justicia divina.

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