MOLINOS DE FUEGO por MARÍA ELENA MORENO

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Después de que Don Quijote se enfrentara a los molinos de viento en La Mancha, en todas las partes del mundo el hombre, desde su irrupción en el escenario antropomórfico, actúa fantasmagoricamente, luchando con lenguas de fuego y temblores diabólicos. Nunca se sintió la especie humana tan impotente. Desde la mera y pasiva contemplación de los fenómenos sísmicos, a la moderna convocatoria de «expertos» de todo tipo, relacionados con la vulcanología, que asustados, revelan sus amplios conocimientos y saben, pero no pueden hacer nada al respecto, en una lucha desigual, el hombre contra las leyes y fuerzas descomunales del universo.

Hay para todo, desde la piedad y la pena hacia los afectados, hasta los errores de apreciación de una presentadora que hablaba de cómo nos instruiríamos desde la mesa de científicos para «apagar» el volcán o una «política» que anima a que se explote el evento turísticamete, claro que las meteduras de pata, luego conllevan a la disculpa ridícula y medio velada.

Los apegos por nuestro entorno, el instinto de cueva y nuestras actividades domésticas, hacen que se vivan momentos de terror y desarraigo, dificilmente superables.

La lucha desigual crea impotencia, en las víctimas de los desalojos, pero aún más en los que se dan cuenta de que con la desaparición de su casa, por culpa del colosal enemigo, se pierde parte de su historia, esfuerzos, vivencias y sobretodo de guerra perdida, sin lucha, a la traición, con el factor sorpresa sobrevenido por una estrategia diseñada por electromagnetismos, gravedad y fuerzas que sólo conocemos de forma superficial y que se escapan absolutamente de nuestro control.

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