EN LA TRIBULACIÓN por MARÍA ELENA MORENO

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La naturaleza habla, con el código atemporal, habla entre siglos, mandando señales que no concuerdan con las voluntades y circunstancias marcadas por el hombre, el cual se debate en sus propias tribulaciones y se desorienta en medio de la maleza de un bosque existencial. Lleva el ser humano un volcán dentro de su corazón, alimentando un magma de pasiones, deseos individuales y en el mejor de los casos compartidos. La lava no se oye rugir dentro de la cavidad toráxica de los seres humanos, ni se recogen ondas cerebrales de sus deseos imposibles de realizar. Pero dentro de cada uno existe una lucha y una guerra, que se libra de manera incandescente. Siendo el atizador de la hoguera un espíritu que emite las órdenes de no rendición, cuando no quiere renunciar a sus misiones en este mundo.

Un sinfín de personas lo han perdido todo, no sólo las víctimas de un volcán, ni sunami, ni terremoto, ni tornado, ni incendio. Lo ha perdido todo, aquel que se ha topado con codicias infranqueables, con tormentas de egoísmo, con rayos de incomprensión. Tullidos en el desierto de la vida, aguantando temperaturas, bajo el cero de la noche infinita, todos hemos vivido la batalla del volcán interior, en un ocaso de incomunicación, en una habitación sin ventana, en el abandono afectivo, en el engaño de los que todo lo lanzan al abismo sin el esfuerzo de reinventarse a sí mismo para dar la mano a los demás.

El color del magma que bulle por las arterias del hombre mensajero del amor, es rojo. Ya no color de fuego, sino hielo verde que ya no es magma, el que pone zancadillas al progreso de los demás. Ya no es vino que reconforta, es hiel de miradas tenebrosas, en el egoísmo cegador que impide y se impide a sí mismo.

En el juego de dados y fichas, hemos caído en la hoguera muchas veces, infinidad de días hemos mirado a un infinito aterrador, y cuando hemos visto en peligro la llama de las ganas de vivir, la hemos avivado, con el amor a nosotros mismos, para poder dar la mano a los demás. Hemos formado una cadena de estímulos, hemos reinventado nuestro objetivo en el sendero de la vida, nos hemos encaminado hacia la lucha de titanes y hemos vencido al monstruo diábolico de la envidia destructiva y el recelo de la mediocridad.

Somos muchos los que intentamos vencer la tribulación, la falta de fe, lo que nos convierte en alpinistas de la gran montaña, escalando sobre el temible obstáculo de granito que han confeccionado los estériles cuya misión es suprimir, y disfrazar su propia naturaleza que se encuentra en el umbral, sin poderlo traspasar, pues pertenecen a la oscura noche en donde faltan los estimulos de la caridad.

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