Ahí estaba «ella». Por María Elena Moreno

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dedicado a Rocío Lozano Rubio, un ángel.

Cada vez que alguien viene a ayudarnos, se convierte en un ángel. Dios interviene, mandándonos ángeles que nos auxilian física y espiritualmente. Pero Él no puede entrar en según que corazones. Flanqueados por diabólicas personalidades que tienen cerrojos de hierro y plomo, no dejan pasar la llama divina. Cerrados a cal y canto, son descartados para las misiones de las que se ocupan los ángeles. Y cuando nos llega la ayuda de ese fluir de la Mente Divina, lo hace a través de seres especiales que se nos acercan en el momento oportuno. Son seres que Dios mira beneplácitamente. Son espíritus amados por Él, recordemos la frase bíblica: «Tu eres mi hijo muy amado, en quien he depositado todas mis complacencias».

Reconocemos a los ángeles por su alegría, factor común en los sabios y en los santos. En este caso, mi ángel es tan alegre como el rocío de la mañana, mensajero de que se inicia un nuevo día para glorificar al Señor.

Puede haber tantos ángeles, como gotas de agua bendicen los días y las noches, pero cuando son visibles, se obra prácticamente un milagro. Esconden bajo su humana piel, una escalada de buenas acciones, una puesta en marcha de dedicaciones y comprensión, siendo su vehículo la humildad y la gracia.

Siempre se puede parar en medio de la vorágine, para darle las gracias a nuestro ángel de aladas notas musicales y dedicarle una pequeña carta de agradecimiento, como testimonio de lo que puede sucedernos un día. «El que tenga oídos para oir que oiga»…Eso sí nunca se acercarán si no estamos preparados para darles la bienvenida.

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