Mi genética soy yo. Por María Elena Moreno.

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Recuerdo que era una niña, cuando sentada al lado de mi a abuela, todavía se emitía la televisión en blanco y negro. Pusieron un film de corta duración, creo que se había grabado en el extranjero, pero la temprana edad que yo tenía entonces, me impide recordar lo accesorio del guión y sólo viene a mi memoria lo que me impresionó en aquel momento.

El protagonista era un joven que había muerto y al que se le había extraído el cerebro y colocado en una máquina robot de forma humanoide. El fallecido era un excelente jugador de ajedrez, y alguien lo sentaba en una mesa a jugar enfrente de un ser humano vivo, para gusto y placer de también excelentes jugadores.

Un amigo del desgraciado que había muerto en plena juventud y salud mental, descubrió que dentro de la hojalata del robot, palpitaba la vida de aquel cerebro superior, que ganaba todas las partidas. La forma en que lo descubrió, fue porque el difunto, tenía geneticamente un tic que le llevaba a levantar la mano de manera muy particular, elevando el dedo índice, y manteniéndolo en alto mientras pensaba la jugada. El toque franquestein de este relato o su simple inspiración de ciencia ficción, se acerca mucho a lo que será nuestro devenir en la ciencia, que se revelará genial en geriatría, cuando consigamos vivir muchos más años y perpetuar la juventud, algo que se está poniendo muy de moda en el primer mundo. Ya incluso la inteligencia artificial, recrea un hombre completo de forma virtual, con el que se puede hablar y hacerle todo tipo de preguntas y obtener las coherentes respuestas, a lo que se refieren los informadores, de forma chapucera, definiendo la conseguida «inmortalidad». ¡Hasta en la ciencia! se encuentra la ironía y el mal gusto, para hacer adeptos que se aterrorizan ante la muerte natural y de alguna manera juegan a ser «eternos».

Si médicos geniales, en la cirugía, transplantan caras completas, corazones, fabrican vejigas de la orina de tu propia piel estomacal, etc, etc, se me erizan los pelos cuando hablan de lo poco ético que sería obtener en un laboratorio clones a perpetuidad…

El juego genético me asusta, pero es exactamente nuestra composición de ADN, lo que domina nuestras voluntades.

Hay quien se sienta en un escritorio, porque sin saberlo, aflora la genética heredada de numerosos individuos que ya desde el medioevo, sentían la necesidad de escribir más que de hablar. Algunos no pueden refrenar el impulso de ser alpinistas, pues su genética aventurera le lleva a emplear sus hormonas y psicología de la acción de la aventura…incluso no les importa morir, si esto les ocurre, envueltos en diferentes baños de adrenalina. La oficinista cree que le falta algo y se sienta por las tardes a tricotar, pues lleva impreso en sus cromosomas esa ocupación ancestral de las mujeres de su familia.

En fin, estoy gateando en esto de conocerme a través de la secuencia de aminoácidos, que se encuentra en mis nucleos celulares, y que están dirigiendo mi vida.

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