«PAPAS CONTADAS» por Mª Elena Moreno.

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Cuando abría los ojos de niña, porque sonaba el despertador, se oía en el pasillo los tacones de la empleada de hogar, que no era tal, pues no tenía seguro y cobraba lo que los «señores» le quisieran pagar. Del horrible término de «criada», se pasó a muchacha, luego a chica y ahora son empleadas del hogar, con todas las prestaciones. Recuerdo que las «señoras» y las chicas de la limpieza, usaban el mismo modelo de zapato de medio tacón de piel negra, y unas y otras, lucían a juego, los tobillos negros por culpa del betún del mismo color, que rozaba el huesecillo y la única diferencia era, si se lo vigilaban o seguían caminando con el tobillo de luto, igualmente. Ellas no tenían casi estudios, pero las «señoras» que las mandaban, tampoco. Obedecían a ciegas y la única reivindicación que poseían era decirle a la dueña de la casa, que en otro hogar, que también atendían terciados los días, les daban la comida con las «papas contadas». Era la forma de insinuar a quien las dirigía en la casa, que les dieran bien de comer o ellas saldrían criticando de un lado a otro.

No tenían horario y dependían de la comida que les daban, pues por miedo a perder el trabajo se quedaban todo el día sin descanso, e incluso pernoctaban en el cuarto «de la criada», que solía tener minimamente una pequeña cama, armarito y una mesilla de noche, todo muy minimalista. Ahora, en estos tiempos, es fácil que posean pantalla gigante de televisor y derecho a abordar la nevera a media noche.

Mi madre trataba bien a todas las que fueron a su casa para trabajar, incluso se inmiscuía en sus vidas privadas, tratando de arreglar sus problemas de embarazos de solteras, o depresiones, cuando el novio las dejaba por otra.

Ellas se levantaban a las seis de la mañana para hacer el café y después, iban a despertar a los niños para vestirlos y ponerlos en el «micro» o pequeña guaguita que los llevaba al colegio, y éstos, los niños, les respondían con «pataditas» y malos gestos, por el mal humor de madrugar en exceso, en una edad impropia para levantarse tan temprano. Eran sumisas y si les pagaban bien, aguantaban de todo, pues a menudo eran echadas de sus casas, por culpa de la pobreza que reinaba en los campos y periferias de las ciudades. Yo las oía llorar a menudo, relatando las palizas que les daban sus padres.

Trabajaban con ahínco y preguntaban poco. No pedían nada, pero aceptaban la ropa usada y otros regalos con sonrisas y agradecimiento.

Ahora, pertenecen las limpiadoras y cocineras, a empresas que gestionan sus actividades laborales, tienen seguridad social, horario y normativas y condiciones, además de su especialización. Unas planchan, otras limpian, otras cocinan y si hacen de todo, significa que pueden ser contratadas en exclusiva por las propias familiasa a jornada completa y con pernoctación. Muchas de ellas y ellos, poseen estudios superiores y por no encontrar trabajo, eligen esta actividad, pues son el «salto» para conseguir situarse en la vida. Probablemente hay que eseñarlas a trabajar. Poseen una psicología crítica que juzga la moralidad de los cabeza de familia, dan consejo de manera altiva e impertinente, te dicen loque tienes que hacer, pues muchas veces les avalan sus estudios y «experiencia». Quieren reorganizar tu vida y lo descolocan todo. Invaden sin respeto la intimidad de los componentes de la familia en cuestión y reivindican sus derechos, incluso con denuncias en los juzgados.

La gente que necesita servicios a domicilio, prefieren hacérselo todo ellos mismos, aunque no puedan, y cuando se convierten en ancianos, son agraciados con la ley de dependencia y son asistidos con personal «cualificado» de los servicios sociales de las instituciones.

Si no tienes familia que te cuide en la vejez, tendrás que ir a los asilos. Siempre recé para que mis esfuerzos diarios y mis atenciones a los demás, se revirtieran en una digna vejez, donde yo pudiera decidir por mí misma.

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