LA MONJA QUE ENSEÑABA FRANCÉS

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Aulas llenas de encanto, con grandes ventanales y sombreadas por una gigante Ceiba en medio del patio de formación. Allí sentada con un rosario en la mano, trataba de iniciarnos en la lengua de Víctor Hugo, con su traje morado y su velo de aureo blanco marfil. La toca hasta media frente almidonada. El olor a limpio del jabón sin perfumar. Su gran refinamiento, su cultura y sus ademanes de aristocrática compostura. Y en medio de su confesión a las pequeñas niñas, relatando cómo la llamó Jesús, al cambio de hora, dejaba su clase de francés para dar la hora de religión. Explicaba un poco al aire, para niñas despistadas, que buscaban con su mano en el bolsillo o pocha, para meterse en la boca un trozo de regaliz. Y ella, un poco por pasar la hora sin aburrir, nos remitió a Eva en el paraíso, y se refirió a la pérdida de la gracia como una desobediencia a Dios. Después del pecado original se sucedieron todos los demás. Y el hombre conoció el sufrimiento, la verguenza y el mal vivir, con el sudor de la frente en medio de trabajos de sol a sol.

Y fue e ese momento, que el egoísmo, la codicia y la envidia, comenzaron a causar, el mal repartido sustento, que en su día, el Señor nos había preparado haciendo que brotaran los frutos de su creación, donde los pajarillos, los mamíferos del bosque, y los peces del mar, comían gratis y eran felices. Con las ganas de saber más que Dios, el hombre almacenaba hasta que se podrían las semillas, mataba por placer y guerreaba por obtener más y más terreno conquistado. Y aquella monja, señalaba, que Jesús volvería de nuevo al mundo, cuando el león pastara al lado de la oveja. Una metáfora que se asemeja a la amistad del lobo con San Francisco de Asís, o como cuando Daniel que con su santidad, paraba la ferocidad de las fieras, y así íbamos imaginando todas las cosas, y una niña intrépida le preguntó a Sor Benedecta:- ¡Madre!, significa todo eso, que el hombre que no puede comprar la comida, porque no tiene dinero, ¿se puede morir de hambre?. -Bueno,…¡silencio! esperen a que se les dé el turno para las preguntas. Y un poquito más tarde, señaló el permiso para hablar, después de leer el Antiguo testamento. ¡De pronto! se armó un revuelo todas a una. Y quizás la más espabilada, directamente le dijo a la maestra de clase: Madre: ¿No podremos volver al paraíso?

La religiosa se alegró de que las niñas no se hubieran dormido en clase, y no farfullaran en sus infantiles murmullos y un tanto eufórica concluyó: Niñas, el hombre no será a imagen de Nuestro Señor, hasta que no comparta sus alimentos, y hasta que no quede ningún niño pobre que se muera de hambre, el hombre no será discípulo de Jesús, hasta que todos seamos misioneros y repartamos la comida entre todos los hermanos. El hombre no tiene menos derechos que los pajarillos que se alimentan de las semillas que les puso en la naturaleza el Señor. El hombre no irá al cielo hasta que consiga, que por derecho propio y justicia, todos los niños y sus padres, puedan comer juntos con amor y hermandad, aunque se haya suprimido el dinero en el mundo.

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