¡DESGRACIADOS! por Mª Elena Moreno

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tea bag

Me contaba una amiga y compañera de trabajo, que cuando se enfermaba de catarro, caían todos en la familia, todos se encamaban, pero ella con fiebre, estornudos y mocos, seguía en pie haciendo caldo, limpiando el inodoro y escapándose a la tienda de víveres. Y he aquí, que los que tenían la suerte de estar calentitos en la cama, oían venir a su madre por el pasillo con la taza de consomé, el plato de sopa, el café con leche con las tostadas o lo que sea, y gritaba ronco el gandul desde la cama:- ¡No estornudes sobre el café con leche!

¡¡Desgraciado!! que hubiera sido de ti sin esas amorosas manos y esa bendita fuente de babas de la que todos querían que no se escurriesen dentro de la taza, que ella dicho sea de paso, ella, la santa, aguantaba el equilibrio para que al toser, ladeando la cara la lluvia de saliva fuera a parar al suelo y no a la manzanilla con la aspirina.. ¡¡Desgraciados!!

Qué hubieras hecho tu sin ropa limpia, dinero para los domingos, sin amor incondicional, de esa madre, que la mayoría de las veces, sola a tiempo completo, por triste separación, o hasta que llega el marido del trabajo, exigiendo también las cuatro comidas y los calzoncillos blancos, ¡¡desgraciado!! como si no están blancos. Y el gandul y sus hermanos/as gandules también, ¡ni se enteran! del lujo que tienen.

Esas manitas arrugadas, moraditas del frío, esa carita de desilusión y esas ojeras, de levantarse a las siete para ir a trabajar, y cuando el coche no le arranca y se va a la oficina en guagua, esos pelitos canosos y alborotados, pues no le dio el dinero para la peluquería, porque se lo gastó en necesidades para los gandules…

Más vean, la otra cara de la moneda, el hijo que creció y trabajó para demostrar que no era gandul, y cuando la madrecita envejeció, le pagó un apartamento con asistenta incluída y terciados los días, pagaba a la enfermera que venía y le ponía a la viejita las inyecciones de vitamina B. Y yo incrédula iba contando todos los hombres y mujeres ejemplares que atendían a sus viejecitos. Personas increíbles, de la quinta dimensión, ¡Ay Dios! Que venga Él y lo vea.

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