LA VIDA Y EL JUEGO DE LA OCA por María Elena Moreno

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Al calor de mi familia y con mis buenos preceptores, crecí, y uno de mis pasatiempos, el juego de La Oca, me fascinaba. El ir avanzando por cada casilla, entre recompensas, peligros y muerte incluída, al final del tablero, llegábamos a la meta. En la vida real, se asemejan los dados a la suerte y el azar, las casillas son las circunstancias, y el entusiasmo que pones en ello te lleva a salvar obstáculos y alcanzar la victoria si llegas el primero. Vencer no me preocupaba, pues en una tarde lluviosa, en la cual no podías salir a jugar, te reunías con tus amiguitas/os, compañeritas/os, hermanos, y el tiempo y el juego, daban para muchas victorias. Lo que me hipnotizaba era comparar el simil de este pasatiempo, muy didáctico por cierto, con las circunstancias que me rodeaban en la vida. Los días me amanecían en blanco, pero la bruja mala, que a menudo se enfundaba en el personje de ciertos maestros, o más tarde, dentro de la figura de los superiores, ensombrecían mi alma pura de niña inocente e iba comprendiendo el mal, o en el caso del juego, a donde igualmente me llevaba hacia la fatalidad, mi ficha de color rojo, mi preferido. A lo largo del día, se me repetían las casillas, cuando por falta de afecto o por maldad, me iban desapareciendo mis pertenencias y se anulaban mis derechos en el colegio que se referenciaba como uno de los mejores, en la oficina, e incluso dentro de mi zona de confort me atacaban los males del egoísmo y la discordia. Esa era la casilla de los «piratas» y la suerte me había hecho llegar hasta allí, por culpa de una mala tirada con mi cubilete. Luego caías en el lugar donde se dibujaban las rejas o falta de libertad, eran los atenazadores horarios y las circunstancias externas, de las cuales, era obligado esperar a la vuelta a la normalidad, y más tarde sobrevenía la tormenta que ajena a nosotros, nos hacía tambalear a todos, pues ésta, era causada por fenómenos imposibles de salvar, y otra vez la espera, la tribulación y el abandono.

Extrañas circunstancias, a las que yo atribuía a la protección de Dios, movían la ficha roja hacia la instrucción, la abundancia y el libre albedrío, cuando yo podía tomar decisiones acertadas, y entonces me sentía satisfecha de mi misma.

Más tarde caí en las casillas del engaño, las traiciones, la feroz competitividad, el sometimiento a inútiles sargentos de la norma rígida y sometedora. También estuve dentro de la viñeta de la tristeza, y luego pasaba de ficha en ficha, hasta que llegaba un lugar donde lucía el día despejado, donde daba igual que hubieran nubes, porque el Sol refulgía en mi corazón y en mi alma, quedando protegida de todo mal.

Aún estoy en el juego y pretendo llegar al final, aunque mis compañeros, los de la ficha amarilla, verde y azul me hayan aventajado, o hayan desaparecido del tablero, bien por la feliz tirada de los dados de la suerte que los transportó a mundos mejores, o por haber caído involuntariamente, dentro de la guadaña infernal de la enfermedad y todo tipo de desgracias, dejándome embajonada y atónita. Y yo mientras tanto, subida a lomos de la tortuga, que no en el caballo, saboreando la lechuga de cada día y esperando ilusionada, mantenerme en las casillas de la resistencia, en donde cada día, ves amanecer tras la ventana, y la sombra del castillo aterrador con la fosa llena de cocodrilos, sigue estando amenazadora pero distante. Mis compañeros de juego ahora son otros, son los cariñosos y afectivos. Mi veteranía me ha ayudado a elegir los mejores, son esos a los que siempre les sale el número seis y sus múltiplos vencedores, los que tienen fe en sí mismos, los auténticos, los mejores colegas y porteadores de mi larga aventura que simula el juego de «La Oca».

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