opinión por Elena Acosta

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“Galdós y el polvo en los zapatos”

Aún amante de lo mío, de lo canario, de lo español, de mi familia y siempre consciente y marcada profundamente por el indudable valor de nuestro patrimonio histórico cultural y artístico; hace no más de un año, el devenir de los acontecimientos me presentó la oportunidad de emigrar a un país nórdico para ejercer mi profesión como docente.

Nunca imaginé que sería emigrante, sinceramente vivir en el extranjero nunca estuvo en mi lista de anhelos juveniles. De hecho, elegí mi profesión por amor a mi entorno quizá con la noble e idealista noción de que se puede educar para un mundo mejor, más consciente, más amable, más sostenible y más inteligente.

Así que allá iba yo con mi mochila cargada de valentía a la que le temblaban las piernas, ilusión llena de melancolía por la familia que dejaba, que con grandes esfuerzos me animó siempre a perseguir los más altos valores y la más alta formación académica.

Allá iba yo, camino al aeropuerto, armada de una aventurera incertidumbre, mis apreciados títulos académicos en las mejores universidades canarias, peninsulares y todo un bagaje de esfuerzo. Bajo el brazo, los mejores deseos de mis mejores amigos, mi perro y mis pocos efectos personales, para empezar de nuevo en una diferente cultura, entorno y forma de entender la vida.

Mi ahora segunda patria, me acogió amablemente, el frío no me desanimó a con esfuerzo y arrojo esforzarme en buscar un trabajo acorde a mi formación académica y experiencia laboral y para mi sorpresa y alegría, pronto lo conseguí.

Atrás quedaba, la escasez laboral, la triste docencia de total falta de recursos, tanto para el profesorado como para el alumnado, los centros educativos cargados de un masivo “quiero y no puedo” y una mayoría de docentes que mal practican la enseñanza, sólo porque la memorización de ciertos temas en dudosos concursos de oposición les ha valido para comprar un billete eterno en el tren de la total dejadez.

También con esto, dejaba atrás el agotamiento físico y psicológico de unos pocos docentes que sí quieren y pueden dar lo mejor para sus alumnos y sin embargo, encuentran todo tipo de impedimentos, para llevar a cabo su profesión y contemplan, año tras año, el mal hacer de una administración anquilosada y autoindulgente que se llena la boca con palabras como “inclusión, calidad y equidad” que al final, sólo quedan como garabatos escritos en un “papel muy mojado”.

Pero no sólo esto, mi nueva nación nórdica, también causó un profundo impacto sobre mi concepción de la vida. Los altos impuestos recaudados de mi sueldo, encuentran su proyección directa en unos servicios de calidad tanto en sanidad, educación como en el resto de los ámbitos y es curioso contemplar como los ciudadanos pagan con orgullo sus impuestos pues este hecho redunda positivamente, no sólo en lo individual sino en el bien general de la comunidad. Centros de salud amables, pacientes, eficaces y rápidos te dejan boquiabierto. En educación, los docentes rinden cuentas y deben esforzarse, y el alumnado además de recibir una educación inclusiva y de máxima calidad y oferta educativa extensa, recibe los medios gratuitamente, como libros y portátiles para cada uno.

Ahora no sólo se me permite viajar en trenes y autobuses con mi mascota, sin necesidad de jaulas, sino que además cuando acudo a una cafetería con mi perro, una camarera o camarero sonriente, con amabilidad y una gran sonrisa le sirve una generosa cantidad de agua a mi mascota, por supuesto sin cobrarme a mí por ello.

Qué diferencia a mi turístico lugar natal, en el que para viajar en cierta naviera de conexión interinsular he de permanecer apartada en condiciones deplorables, sentada en el suelo, con frío y dolor de espalda, anquilosada porque literalmente te echan a la zona exterior del barco, y con asma, debes compartir espacio con fumadores, porque no hay donde huir del humo, habiendo pagado igual o más que el resto de los viajantes.

Desde luego, viajar al norte es como viajar al futuro, admiro boquiabierta cómo las mujeres caminan solas y tranquilas por la calle, sin miedo a que se les falte el respeto con comentarios groseros o con miradas lascivas, y sin temer por su seguridad o temer a ser violadas, y sobre todo me llena de emoción ser testigo de cómo hombres y mujeres comparten con total naturalidad las labores domésticas, familiares y laborales, sin detrimento de ninguno.

Allí, el respeto por la norma se entiende como natural consideración hacia todos, la inclusión total es para todo tipo de ciudadanos, la limpieza, el orden y el respeto no es para una minoría. Me enorgullece que la diferencia es vista como enriquecimiento y como algo natural propio de la diversidad que caracteriza nuestro mundo y que nadie tiene por qué soportar ni abusos ni condescendencias.

Allí, la chabacanería, el ruido, el insulto y el escarnio gratuito, la falta de respeto, y la corruptela están “de facto” mal vistos. Los políticos rinden cuentas, así como los docentes y todo empleado público. Las limpiadoras y limpiadores de hotel, tienen sueldos dignos, los contertulios respetan su turno al hablar y sus diferentes opiniones.

Esta, es mi alegría silenciosa, la de saber que otros mundos mejores existen y son posibles y que con esfuerzo he logrado vivirlos, presenciarlos y disfrutarlos y que el espacio europeo se construye no desde Bruselas, como dicen algunos “vendedores de motos”, sino de casa en casa y de trabajador en trabajador, que quiere un lugar digno donde vivir. Esta alegría silenciosa es la que también me ayuda a sanar las secuelas de la “cultura del abuso” en la que estamos atrapados en nuestro territorio, y así despacito, deconstruirla. Es esto querido lector, lo que me impulsa a salir del silencio para animarte, a estar abierto al cambio, a pedir con amabilidad y dulzura la hoja de reclamaciones cuando el servicio no es el adecuado, pues todos tenemos que aprender. Te animo con alegría a que no te sientas culpable por identificar al politicucho mediocre que se llena la boca con falsas promesas y tierras prometidas, con conclusiones perogrullescas y que no se preocupa sino por su sueldo como político porque carece de talento para otras profesiones.

Así, te digo, querido lector: anímate a soñar, a mejorar, a leer críticamente y conocer otras realidades, trabaja duro, aprende de esta loca vida, y sal del abotargamiento del desánimo, pues sólo con mucho esfuerzo se consigue vivir mejor. Deja a un lado, esos comentarios sibilinos, que te recomiendan echar la vista a un lado, rendirte y dejar hacer y convertirte en cómplice de tu propio abuso. Por el contrario, empodérate amigo lector, de la seguridad de que formándote, aprendiendo y luchando por tus sueños y habilidades conseguirás tu lugar en el espacio. Sueña, amigo lector, y no sucumbas al engaño, porque las mentiras por mucho que las repitan, no se convierten en verdad.

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