Esta es mi Navidad…por Mª Elena Moreno

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He celebrado siempre que he podido, la Navidad. Cuando era una niña pequeña, yo tomaba la iniciativa con permiso de mi madre, para poner el pequeño portalito de belén sobre la gramola del salón comedor, y también adornaba el árbol de Navidad. Mi familia poseía unos adornos muy originales, eran de esos que se quebraban facilmente pero que su brillo y sus colores parecían mágicos. Bolas de navidad que emulaban trompetas, guitarras, ciertas hortalizas, bastones, ángeles, y esferas con incrustaciones que nunca más he vuelto a ver. Muérdagos artificiales de todos las tonalidades y brillos metalizados, tenían la capacidad de hechizarme por completo. La aguja final en copa del pino artificial, ponía el punto final. Cada vez que abría la caja donde se guardaban entre filamentos de serrín dichas bolas, me sorprendía de que no se hubieran roto y resistieran a pesar de su fragilidad, de un año para otro.

El pequeño portalito de corcho y figuras de arcilla pintada, me hacía emocionar cuando miraba al Niño Jesús, acostado en su cuna, hecha de palitos secos en medio del pesebre.

Cuando me hice adulta y debido al estrés, casi que era la última de las vecinas en retirar los adornos de Navidad, y creo que una vez, casi me llegaron al verano. Los retiré para quitarles el polvo y volver a empezar otra vez en diciembre.

Por diversos motivos cambié varias veces de domicilio y llegué a tener hasta dos abetitos de diferente color, haciendo juego con los adornos. Solía recrearme en el menú de nochebuena y fin de año, aunque nunca rechacé las comidas que llegaban a mi casa y que hacían las abuelas de la familia.

Pasó el tiempo y llegué a contar con los dedos de la mano, los años felices en que tuve ocasión de celebrar la Navidad. La sola contemplación de los encendidos de la ciudad, o de las lucecitas que se veían tras los cristales o en los balcones de las casas, me bastaban para que volviera a impregnarme del sabor de estas fechas, para mí tan importantes. Sin embargo, en lo que nunca fallé, fue en sostener en mis manos al Niño Jesús y pedirle y también agradecerle cosas para mi familia. Esta Navidad, casualmente con menos estrés frenético comparado al de otros años, la estoy preparando con atención.

En algunos escritos míos, publicados en mi periódico digital y blog, siempre me he referido a la manera en que vivimos o debemos vivir estos días tan significativos, pues suelo hacer resumen de pensamiento, y hacer limpieza en el fondo del alma, para sentirme digna ante tan importante recibimiento cada año del nacimiento del Niño Jesús.

Considero ridículo la explosión de rituales y consumismos desatados, en personas que como decía Jesús, ni siquiera se han reconciliado con su hermano.

La Navidad es buena para los que estamos en paz, para los que recibimos y damos muestras de afecto, para los que hacemos promesas y las cumplimos, para los que estamos alegres y pedimos gracias, no sólo para nosotros mismos, sino también para poder dar muestras de solidaridad. Pero todo esto implica mi compromiso de no volverme a saltar nunca la ilusión de preparar, al menos el día más importante de todos, que es conmemoración de la Natividad.

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