LA NARANJA DE LA NAVIDAD por María Elena Moreno

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Me contaban los oriundos de nuestra isla de El Hierro, que muchos niños de la post guerra, recibían una naranja el día de Reyes, otros lograban el regalo de algún juguete de madera con ruedas o una estiradera, siempre felices, jugaban con la imaginación. Mi naranja de esta Navidad, sin dudarlo, fue poder exteriorizar mis sentimientos con los más allegados. Mi regalo fue la sonrisa ante el esmero que proyecté en mis recetas, en la cercanía, en la ilusión. Cuando vives en paz y ves los programas televisivos de fin de año, desde tu confortable sofá, te das cuenta de que suenan muy lejanas las noticias de las guerras actuales, que son muchas y muy crueles.

Como si no fuera con nosotros, podemos imaginarnos las heridas, el hambre, el éxodo y el abandono, pero sigue estando en la distancia, como si eso no fuera real. No somos conscientes de que y todas las víctimas de la violencia se encuentran en nuestro pequeño planeta, a la vuelta de la esquina.

La naranja de la Navidad, que hoy es el teléfono móvil de última generación, la fragancia irresistible o el diseño de moda que luce su marca más actual, satisface el comercio, más no tiene nada que ver con el verdadero sentido de la felicidad en Navidad.

Reventar al ama de casa, que friega un montón de loza, cocinando en estas fiestas memorables, que duran dos semanas, e impávidos, dejar la comida en la mesa para correr al pub, es tan frívolo, como oír los petardos de los mequetrefes educados en la mediocridad, los cuales, fuera del colegio o instituto, huyen de la lectura como si vieran demonios asomar de los libros. Los estampidos en plena calle, sustitutos del comportamiento tribal, como único objetivo de las fiestas de Navidad, resultan inocentes, en comparación a los adultos que practican la violencia en todas sus formas, poniendo la zancadilla al congénere, haciendo interposición por la fuerza, saltándose la línea divisoria del respeto y de la urbanidad.

Gracias a los que me dieron una, dos o tres naranjas de la cordialidad. En ellas vi el calor del sol, así como el frescor de los aromas de olvidados paraísos. El que me dio su atención no solicitada, el que me miró con cariño y le pude corresponder, ese fue el hermano al que aludía ese niño que nació entre nosotros y que predicó como el Hijo de Dios.

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